La Vestuarista

Capítulo 1

Aquella vez, con los pies descalzos sobre un paraje húmedo de la campiña de Devon, Elena Savina se había prometido nunca más ignorar sus impulsos. Esa tarde había analizado la superficie de un lago cercano. Se había concentrado en la copia exacta del pequeño monte y del sauce en el agua inmóvil. Estaba dispuesta a comportarse de esa misma forma mientras viviera con Adelaide. Con una serenidad ficticia e impenetrable.

Su padre había muerto una semana antes y una tía lejana de Inglaterra se había ofrecido a acogerla. Cuando recibió la noticia en Madrid sintió unas ganas descomunales de desaparecer, de coger sus pertenencias y borrar las huellas tras de sí. Ya tenía diecisiete después de todo. Podía hacerse cargo con soltura de sus corazonadas. Quiso armar una traza de rieles sin sentido y recorrerla hasta encontrar un punto fijo donde pudiera sentirse un poco menos miserable, aunque sola. A partir de ese día, la acechó la certeza de que siempre estaría sola.

Pero no lo hizo.

Sin remedio, había llegado a Greywater, un pueblo inglés compuesto por un puñado de cottages y un grupo de ciudadanos pardos. La minúscula comunidad estaba edificada sobre montes discontinuos, dispersa sobre una hierba fibrosa y revestida por un firmamento de ceniza. Era un ecosistema petrificado, un lugar donde todos sabían que nada iba a suceder, nunca. Y a nadie le importaba. El pueblo se desplegaba ante ella como piezas inertes en un escaparate del olvido.

No tardó en odiarlo. Se retrajo como un ovillo para dejar muy en claro que su presencia sería temporal. La adaptación no existiría. Su verborragia característica había quedado en Madrid, y allí la esperaría.

Sí, aquella vez Elena, adormecida por la seriedad de la campiña, había jurado nunca más ignorar sus intuiciones espontáneas.

Ese recuerdo, de forma involuntaria, se impuso en su mente justo en el momento en el que Felipe se ofreció a llevarla a su casa. Se habían conocido quince minutos antes. Ya habían pasado diez años del desconsuelo en Inglaterra y todavía no había ejercitado lo suficiente su capacidad de ceder ante los impulsos.

Esa tarde, Elena había estado sentada en la entrada de un café de la zona industrial de Getafe por casi cuarenta minutos pero el calor la había obligado a refugiarse en el interior. Felipe fumaba sobre la barra y sorbía una Coca Cola caliente. Ella había intentado tomar asiento dejando un espacio entre los dos y él había reaccionado.

–Este lugar no está ocupado –dijo él, mirando la banqueta de cuero a su izquierda. Ella no sonrió y eligió de todas maneras dejar un hueco en la secuencia.

–Buena forma de dejar en claro que estás solo.

Muy sutil –contestó Elena sin mirarlo–. Podría no estarlo. Podría tener un acompañante a la derecha.

Ella miró de reojo. La observación la obligó a sonreír.

–Cierto.

–Pero sí, ya que quieres saber…estoy solo –contestó Felipe, con tono de fingida resignación–. Me gusta estar solo. Es bueno. Excepto por los vicios.

Levantó la cajetilla de cigarros a su lado y la sacudió como a un cascabel.

–Es una de las pocas cosas malas de estar tan solo. Los vicios se acrecientan, salvajes, porque no hay nadie que te obligue a parar.

–Qué palabras tan sofisticadas para malgastarlas en un café como éste –dijo ella, satisfecha.

Se sintió tan astuta como su interlocutor, mientras giraba su cabeza para examinar el lugar. El café era una suerte de improvisación desatendida. Sus dueños habían arrojado un par de sillas viejas en un cubículo sin pintar. Víctima de su condición “de paso”, el espacio no lucía ni vagos intentos de sofisticación estética. El aire era espeso y el menú muy breve.

La mirada de Felipe le activó el vértigo al instante. Elena la conocía demasiado bien, era aguda para detectar sutilezas. Reconoció esa mirada de coqueteo más bien incipiente, de esas que se ofrecen al principio de la interacción. Cuando todavía es necesario ser cortés.

–Estudié Filología en Barcelona –contestó él, jugueteando con un cigarro que todavía no encendía–. Como no me fue útil en el mundo laboral, a veces uso las palabras para sonar altanero. Es como un juego para justificar tantos años de estudio.

–Pues te sale muy bien –juzgó ella–. Debo suponer que no trabajas de filólogo.

–No. Manejo la cadena Marga.

–¿Los restaurantes con librería? Vaya, están por todo Madrid. ¿Manejar significa que eres importante?

–No, nada más alejado de la realidad. Soy manager regional –Hizo una pausa para encontrar las palabras–. Es como un eufemismo de “eslabón modesto de la cadena” pero con un título rimbombante que busca tapar la desgracia.

Prendió el cigarro, aspiró con intensidad y miró hacia un costado para liberar el humo. “Dios”, pensó ella, “sí que se esmera en sonar grandilocuente”.

–Hey, al menos estás en contacto con algunos libros. Bestsellers, mayormente. Pero libros en fin –acotó Elena.

–Sí, en contacto con una lista de precios de libros y los teléfonos de los distribuidores. Pero puedo pedir todas las hamburguesas que quiera. ¡Supera eso! –respondió con tono irónico y una amplia sonrisa.

Elena estaba disfrutando de la conversación. Siempre se había deleitado con las personas que podían reírse de sí mismas sin sonar autocompasivas, lo consideraba un talento. Había algo muy atractivo en escuchar a alguien mofarse de sus propias ruinas.

–Pues suena bien.

–Sí, hago mal en quejarme tanto. ¿Y tú?

–Pues yo rara vez me quejo –continuó ella, muy seria.

Felipe lanzó una risa espontánea y breve.

–Me refiero a qué te dedicas.

–Soy vestuarista de teatro, en La Latina.

–Hace años que no voy al teatro…

–Mal, mal. Esta ciudad tiene los mejores artistas sobre las tablas.

Felipe le dedicó una mirada firme y ella no bajó la cabeza. Tenía los ojos café y un par de hileras de pestañas gruesas pero llanas. Lucía una barba incipiente y la piel de los límites exteriores de sus ojos se arrugaba cuando sonreía. Ofrecía un color varonil, con algunas expresiones un poco toscas. Su cabello era negro y muy corto. Tenía manos grandes y la piel de los dedos como adoquines, fragmentada.

Ella era de tez oscura, con el cabello cobrizo y muy rizado. Sus ojos eran pardos y brillantes, su pequeña nariz estaba cercada por una multitud de pecas minúsculas. Su voz era grácil y casi sin acento. El origen de su composición física era indescifrable, si bien su aspecto no era inusual en extremo. Su madre era saharaui, su padre era mitad francés y mitad inglés.

Se observaron con quietud por unos instantes, quizá para determinar qué aspectos de sus fisonomías podían encontrar más atractivos. Después de todo, pensó él, la conversación podía ser inmejorable en su género pero las apariencias siempre terminan firmando el dictamen.

La tarde avanzaba calurosa, demasiado para ser casi otoño. El aire todavía circulaba espeso dentro del recinto y Elena sentía la espalda húmeda, la tela de la camisa incrustada en la piel. Un triste ventilador de techo giraba lento y monótono, sin hacer demasiados favores. Había un pequeño televisor encendido que pasaba una grabación de Eurovisión de un año irreconocible y sólo dos personas más estaban de paso. El café no tenía ventanas y la única luz opaca provenía de un par de lámparas pequeñas, además de algunos rayos del sol que se colaban por las grietas de la puerta de entrada.

–¿Qué le sirvo? –preguntó una mujer rechoncha, nariz de gancho colorada, ojos de plomo hundidos y un tono autoritario–. Aquí no se puede fumar –le dijo a Felipe.

Elena miró de reojo la Coca Cola. Anticipó el dulzor conquistando su garganta mientras él apagaba su cigarro.

–Un agua con gas y limón, por favor –pidió.

–Hoy estoy en Getafe por negocios. Quieren abrir una sucursal de Marga en un mall de outlets aquí cerca –comentó Felipe.

Elena lo miró desencajada, con los ojos fruncidos y la boca sólo un poco entreabierta. Segundos después, entendió la estrategia y bajó la guardia.

–Ya veo. Me cuentas qué estás haciendo por aquí sin que te lo pregunte para que ahora yo me vea obligada, por cortesía, a responder lo mismo –pensó ella en voz alta.

El reaccionó con una mueca de sorpresa. Tuvo ganas de reír, pero se contuvo.

–¿Siempre dices todo lo que piensas? –preguntó Felipe.

–Sí. Es mi mayor defecto y también mi gran virtud. A veces no encuentro filtros.

–Bueno, a mí me parece muy franco. Y bastante encantador.

–Estoy esperando a alguien. Pero parece que me han plantado – dijo ella, cediendo terreno por el elogio.

Giró la cabeza y miró fijo hacia la entrada. Revisó su móvil. Ninguna llamada perdida. No habían mensajes. Tampoco había señal dentro del café.

–Voy a hacer una llamada –se excusó.

Se paró de la butaca; creyó sentir la mirada de Felipe clavada en la parte baja de su espalda. Era un gesto maquinal de los hombres, casi orgánico. Miró sobre su hombro para comprobarlo, pero el joven estaba inmerso en la pantalla de televisión. Salió por la puerta y el calor la golpeó de forma repentina. Cerró los ojos para recuperar la fuerza. Se apoyó sobre un paredón áspero y caliente y buscó “Marianela” en sus contactos.

La llamada no alcanzó el tono. Una voz maquinal le informó que el número había sido desconectado. Elena cortó e intentó dos veces más, con el mismo resultado. Se le estrujó el pecho, pero no quería alterarse. Buscó otro contacto en la lista y escribió un mensaje de texto: “Otra vez lo mismo. No va a venir. Número desconectado”.

Se obligó a recordar que esto sucedía muy a menudo. Que no había nada que pudiera hacer. Que ciertas soluciones estaban muy alejadas de su corto alcance. La invadió la ira, no porque la hubieran dejado plantada sino porque no conocía la razón. Esa incertidumbre, triste hermana de la circunstancia, siempre la paralizaba. Atinó a caminar hacia la estación de tren cuando recordó que había dejado su cartera en el café.

El agua que había pedido yacía junto a un triste pedazo de limón poroso. Felipe notó al instante que regresaba con malas nuevas. Tenía el semblante turbio y la lozanía que emanaba su piel cinco minutos antes había dado lugar a una palidez casi enfermiza. Alguien, en las cercanías, encendió una aspiradora muy ruidosa. En la tele del café un grupo de música sueco interpretaba las notas de una canción muy mala. Un perro ladraba furioso desde algún rincón y Elena sintió que la cabeza le iba a estallar.

Estaba por dejar un billete de cinco euros sobre la barra cuando Felipe se dirigió a ella.

–Tienes razón sobre lo del teatro en Madrid.

Ella lo miró otra vez, desencajada. Había olvidado cada palabra de su charla reciente. No le era fácil dirigir su atención de pensamiento a pensamiento con demasiada celeridad.

–Que tengo que ir más seguido. Y siempre me interesó mucho saber qué pasa tras bambalinas – aclaró Felipe.

–Ah, vale. Y esa es una mentira gigante…

–Bueno, es cierto. No me interesó siempre, siempre. Me interesa desde hace diez minutos.

Ella se permitió una sonrisa. Ya le había pasado un par veces durante ese encuentro, sentirse rendida ante la simpatía sutil pero arrolladora de este hombre que acababa de conocer. Rara vez se equivocaba con la gente.

–Podrías venir a ver lo que hacemos…–dijo ella, revisando su cartera, con la mente en otro lado.

–¿Y podré pasar detrás de escena?

–Sí –contestó ella casi en voz baja–. Debo irme, ha sido un gusto.

Dejó el billete en la barra y se incorporó. El agua, intacta, ya había perdido casi todo el gas.

–¿Hacia dónde vas? –preguntó Felipe.

–Hacia la estación de tren. Vivo cerca de Pirámides.

–Puedo llevarte, estoy en coche. Voy hacia allí. Otra vez, la sensación de vértigo latiendo en la sien. Elena era una experta en rechazar hombres con carácter. Tenía que hacerlo, todavía no se sentía lista para interactuar con ellos, había pasado muy poco tiempo. A veces creía que tal vez nunca lo estaría.

Sin embargo, nunca había sido tan difícil decir que no como en esta ocasión. Algo le decía que tenía que ceder, al menos esta vez. No podía entenderlo en ese momento, claro, porque todavía no había descifrado con cuidado las sensaciones del encuentro, pero Felipe le gustaba en serio. Uno de los indicios que reconoció más tarde fue el hecho de recordar de forma impetuosa la textura de la hierba inglesa bajo sus pies y, sobre todo, la promesa adolescente de hacerle caso a su intuición. Ciertos recuerdos regresan con una carga profética más o menos poderosa. Reflexionó mirándolo fijo y pudo notar un destello misterioso en sus pupilas.

–Prefiero tomar el tren. Gracias. Hasta luego.

Salió del café con prisa, comprimiendo los puños con fuerza. No, de pronto estaba muy claro que no era el momento. Esos impulsos, débiles, todavía eran víctimas del miedo.

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