La Vestuarista

Capítulo 2

El camino hacia la casa donde Felipe había vivido por siete años era curvo y desolado, como una anticipación a lo que allí había sucedido. La zona anterior a la urbanización estaba decorada por construcciones huérfanas, edificios deshabitados y parques que parecían abandonados porque no se veía gente.

Felipe conducía con lentitud hacia Aravaca. Bajó la ventanilla polarizada para dejar entrar la luz del atardecer y notó la opacidad del cielo. Se acercaba una tormenta. Encendió un cigarro y sacó el brazo hacia afuera, para dejar volar la ceniza. De a poco, la zona comenzaba a poblarse, pero su barrio todavía lucía una serie de viviendas sin dueño y a medio terminar, abandonadas con los esqueletos al aire y el polvo del viento incrustado en las vigas. Habían sido proyectadas con la fiebre inmobiliaria de una época pasada, pero la ambición había dictado bocetos imposibles de terminar. Y allí estaban, a la espera de un ciclo económico más benévolo o la espera de convertirse en las ruinas más representativas de la crisis.

Aparcó el coche en la entrada de la casa en la que ahora vivía su ex esposa Viviana con el hijo de ambos, Tomás. La habían comprado terminada por un muy buen precio, sin necesidad de hipotecas gracias a la ayuda de sus suegros. La fachada estaba pintada de un tono arena desabrido, al igual que todas las casas de la cuadra. Para Felipe, ese detalle que casi nadie percibía delataba el carácter uniforme de la gente que vivía allí. El camino de piedrecillas que conducía a la puerta principal de acabado wengue estuvo, alguna vez, adornado por tilos añosos de hoja pequeña y algunos arbustos autóctonos, dispersos de forma natural. Viviana había contratado a un joven paisajista y ahora un conjunto de palmeras se lucía de forma meticulosa sobre un césped tan verde que parecía de plástico.

Ese cambio le había dolido, tal vez más que la separación. Cada vez que iba a recoger a Tomás se detenía unos minutos en la entrada y se preguntaba cuál sería el mecanismo del universo encargado de provocar esos cambios tan drásticos. Por qué todo se sentía tan diferente en tan poco tiempo.

Terminó el cigarro y pulsó el timbre dos veces, con desgano. Una muchacha de no más de veinte años abrió la puerta y le sonrió con timidez. Llevaba unas gafas gruesas de carey negro y dos trenzas ceñidas a los lados de las orejas. Se hizo a un lado para dejarlo pasar.

–Hola, soy Daniela. La chica nueva.

Felipe le estrechó la mano y sintió su cansancio. Viviana había cambiado de niñera tres veces en menos de un año, sin consultarle. Las intercambiaba como piezas que no logran encajar en su esquema de vida, que a Felipe le parecía disparatado y opulento. Su hijo Tomás había cumplido siete en junio y la repentina separación de sus padres cuando tenía cuatro le había afectado como a cualquier niño, pero su desconsuelo ya se había erosionado. Hoy, esperaba a su padre con ansias, disfrutaba de tener dos hogares, era una criatura alegre e inmune a la tensión circundante en su familia. Felipe lo agradecía.

–Ah, qué bueno que llegaste, tu hijo está brincando como conejo de la ansiedad. Desde las tres de la tarde.

Viviana apareció en la sala y no le dedicó ni una breve mirada de bienvenida. El suelo de la casa, en su origen, había sido de parqué de roble antiguo; ahora se desplegaba sobre inmensas placas relucientes de una cerámica un poco artificiosa. Ya no habían libros en las estanterías, sino una pequeña fuente de agua eléctrica, algunos portarretratos con fotografías familiares y un par adornos dorados. Desde la entrada, inmóvil, Felipe revisó el espacio en busca de novedades. Notó el sofá nuevo, de cuero blanco y cubierto de almohadones estampados. Con cada visita se sentía más alejado de lo que alguna vez supo llamar hogar.

–¿Te gusta el sofá? Sé que no es tu estilo…–preguntó Viviana.

Felipe, ensayando un gesto de cortesía, palpó la superficie elástica, estrujó la punta de un almohadón y mintió con un sí.

–¿Tienes un cigarro? Le pedí a Daniela hace cuarenta minutos que fuera a la tienda –dijo su ex con una expresión de hastío–. ¿Ya la conociste?

–Sí, recién. ¿Ya tienen problemas? –indagó Felipe al extenderle la cajetilla.

Viviana encendió un cigarro y abrió la ventana. Se impacientaba con las visitas de su ex marido, nunca parecían tener alguna charla útil o al menos un poco satisfactoria. Intentó corregirse la máscara de pestañas y descubrió que se había arrancado un par de vellos.

–Siempre hay problemas Felipe, con estas chicas siempre hay problemas. Tú porque no tienes que soportarlo –dijo sacudiendo los dedos, dejando caer los minúsculos pelos al piso. No era momento de pedir deseos.

–Tú tampoco, hace un año que no trabajas.

Felipe se dio cuenta de inmediato de la brusquedad de su tono y se le aflojó el rostro. No estaba acostumbrado a las confrontaciones. Viviana le dedicó una mirada amenazante y cruzó los brazos, siempre hacía uso de gestos floridos para expresar su insatisfacción. Se había dejado caer sobre el marco de la ventana, con la cabeza ligeramente hacia atrás y la cadera ladeada. Era una mujer muy sensual, de cabello rubio platino y sugestivos ojos verdes. Vestía un vaquero, una blusa de seda  y unos tacones de charol negros.

–¿Y eso qué tiene que ver? ¿Se supone que tengo que ser madre a tiempo completo, sin más vida?

Su tono de voz se había elevado lo suficiente como para indicar una pelea. Habían tenido esta discusión cientos de veces. Felipe se había ofrecido a hacerse cargo de la custodia completa de su hijo para evitarle tanta angustia, pero nunca llegaban a un acuerdo. Ese día, él levantó la manos en señal de tregua y le dio la espalda. Viviana contrajo la mandíbula para sujetar un par de insultos, exasperada por su pasividad.

Cuando se conocieron, casi doce años antes, ella le había dejado muy en claro que no quería tener hijos. En ese momento, a él no le había importado esa cláusula porque estaba hechizado por su vitalidad. Era una mujer jovial, independiente, emprendedora y muy cautivadora. Cautivadora con todo el mundo. Conquistaba todos los escenarios que visitaba y derrochaba simpatía a su paso.

Se habían conocido por un amigo mutuo de la familia y tuvieron chispa al instante. Ella se divertía con sus monólogos derrotistas y él adoraba su carácter libertario. A ella le encantaba su ironía seductora y él admiraba su pasión por la vida.

Pero él deseaba una familia grande y una vida tranquila en un barrio alejado de la ciudad, mientras que ella quería viajar por el mundo y un piso en el corazón de Madrid. Tal vez en Barcelona, en algún momento. Sus intereses colapsaron y la situación se tornó inmanejable. Con los años, Viviana se había convertido en una persona frívola y desafecta. Su negocio de antigüedades importadas se había extinguido con la crisis y la rutina en los suburbios la había colmado de un sopor incurable.

El accidente que dio lugar a su embarazo fue una sentencia para la relación. Se divorciaron cuatro años después, luego de sostenidos intentos por sacar a flote un vínculo que estaba herido de muerte. Hoy mantenían una relación bastante cordial, sobre todo porque a ninguno de los dos les importaba demasiado la vida del otro. Estaban unidos por Tomás, pero sólo eso. Las discusiones de antaño habían dejado lugar a unos intercambios de palabras insignificantes.

El pequeño irrumpió en la sala correteando como un cachorro. Abrazó a su padre por las piernas; Felipe lo tomó de los brazos y le estampó un sonoro beso en la mejilla.

–Felipe, ¿podemos ir de nuevo al restaurante chino de la vez pasada? –preguntó Tomás con ansiedad.

–¿Me puedes llamar papá alguna vez?

–Nada de comida china, hijo. Que luego te sientes enfermo. Cenen algo más sano –contestó su madre desde alguna esquina.

–Pero quiero otra galleta de la fortuna. Te dice el futuro mamá, puedo pedir una para ti. ¿Puedo?

Viviana aspiró otra bocanada de tabaco y respondió un escueto “vale”, comprimiendo el centro de las cejas con los dedos derechos. A esa altura de la semana ya no tenía fuerzas para ejercer la disciplina, el crío le succionaba toda su energía. Estaba deseando que se fueran para poder abrir una botella de vino. Daniela entró en la sala cargando una mochila de Spider Man. Tomás se la arrebató de sus manos y salió corriendo hacia el coche.

–Ni un beso de despedida…– suspiró Viviana.

–Vamos, si es que es un niño. A mí tampoco me despide cuando vengo a traerlo de vuelta, no te preocupes. Al menos te dice “mamá” –la animó Felipe con un apretón de hombro.

Se apresuró a salir, quería llegar al centro antes de que estallara la tormenta. En el fondo sentía pena por ella, por lo desdichada que parecía su existencia. Rellenaba huecos emocionales con compras y viajes insustanciales. No parecía dispuesta a rehacer su vida con otro hombre, ya casi no conservaba ninguna amiga y tampoco exhibía ningún talento laboral. Era como una ameba sepultada en el confort de los trajes de marca.

Deambulaba por la vida víctima de la inercia, siempre esperando a la noche para poder dormir. Felipe la miró antes de cruzar el umbral, tan irreconocible. Se preguntó, una vez más, cuál sería ese condenado mecanismo del universo encargado de provocar esos cambios tan drásticos.

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