La Vestuarista

Capítulo 3

El teatro Martirena funcionaba con un flujo monetario escueto, pero se mantenía en pie con una dignidad envidiable. Era un teatro pequeño, pero por sus pasillos desfilaban los talentos más enérgicos de la ciudad. La organización ponía en marcha engranajes aceitados con un esfuerzo comunal que otros teatros de la zona carecían. El éxito, sobre todo en temporadas de verano, no se duplicaba en ningún otro escenario de Madrid.

El Martirena no aparecía en las guías de turismo. Los turistas se topaban con su puerta en la búsqueda de otro destino. El teatro, excepto para los locales, era casi siempre inesperado y rara vez una destinación premeditada. Por eso, la mayoría de las entradas se vendían la misma noche de la presentación.

Estaba escondido en una callejuela de La Latina y para entrar había que bajar unas escalinatas de piedra maciza. Era un refugio subterráneo al bullicio de la calle, con una entrada de vidrios arqueados, pisos de madera en tablones, una boletería con cortinas de terciopelo, trescientas butacas de cuero oliva y un detrás de bambalinas siempre festivo.

Elena trabajaba en el vestuario desde los veinticinco. Recibió la propuesta de trabajo de forma sorpresiva, como un regalo imprevisto que había logrado sortear la crisis y llegar hasta sus manos. A muchos había sorprendido su contratación justo en el período más espeso de un desequilibrio presupuestario, pero la habían recibido como a una más de la familia.

Era muy ágil con la manipulación de los trajes, conocía de memoria los de siempre y se encargaba de hacer lo mismo con los que confeccionaba junto a las costureras. Era capaz de mantener los escaparates en orden durante la función, sabía con precisión qué atuendo le correspondía a cada actor durante los cambios y los desvestía con una maniobra simple y certera, para volver a enfundarlos en cuestión de segundos.

Era rápida con las costuras y tenía vista de lince, aguda. Desde las sombras, era capaz de detectar hasta la falta de una simple lentejuela en cualquier vestido inquieto sobre el escenario. Cuando los actores o las actrices cruzaban las bambalinas, se abalanzaba sobre ellos con una aguja gruesa, siempre la misma, y restauraba la tela con un cariño arrollador. Tenía un gran sentido del color. Se pasaba tardes enteras en el Museo del Prado tomando nota de combinaciones intensas. Compraba retazos de tela vieja en algunos locales escondidos de Lavapiés y creaba tableros con fragmentos de colores complementarios y opuestos, collages que formaban patrones novedosos. Imaginaba las luces sobre la madera del escenario, el reflejo de las telas brillantes, las refracciones sobre las mostacillas.

Elena, en muchos de sus ratos libres, habitaba en un éxtasis de texturas y tonalidades que le permitía planear sus movimientos sobre la tela y superar tensiones. Una vez, despertó sobresaltada pensando qué pasaría si una escena pudiera verse sólo en blanco y negro. Entonces, pensó, la estructura y las tramas debían ser protagonistas. Trajinó el desarrollo de esa idea hasta el amanecer, por si acaso el mundo diera un brinco y los colores desaparecieran para siempre. Sin embargo, a pesar de su talento, nunca en su vida había cogido una brocha de pintura.

No era directora de arte con título oficial porque el teatro no podía pagar ese puesto, pero trabajaba junto al director de la obra para crear la estética adecuada que lograse canalizar la emoción de los ambientes y las actuaciones. En el escenario mandaba el director, pero tras bambalinas era ella la cabecilla de la comarca. Había logrado una subordinación casi total en sólo dos años porque hasta los productores se sometían a sus directivas, conscientes de su talento elástico que alcanzaba rincones de injerencia inesperados. Como el manejo de los equipos de sonido o su habilidad para martillear alguna escenografía antes de que se cayera a pedazos.

Todos admiraban su dedicación y su paciencia, pero algunos se sentían reticentes a vincularse con ella por su sinceridad a veces despiadada. Nunca hablaba de su vida personal, pero siempre parecía dejar en claro lo que pensaba sobre los demás. Repetía con insistencia:

–Antes de cruzar el portal del teatro se sacuden los problemas personales. No quiero que sufran por los pasillos. A menos que seas actor o actriz y tengas que llorar. Entonces sí, puedes acarrear tus penas a la escena.

Muchas veces se arrepentía de sus comentarios desbocados, pero sus compañeros más cercanos conocían su carácter y se divertían con su carencia de diplomacia. Las risas tranquilizaban su preocupación luego de algún comentario controversial o un poco ofensivo.

A pesar de su espontaneidad, Elena Savina era una mujer impenetrable en otros sentidos. Varios del grupo recordaban la tarde en la que Hernán, uno de los actores secundarios, había tomado sutilmente de su cintura para ayudarla con unas cajas pesadísimas que acarreaba desde el taller de sastrería. Ella había dejado caer todos los objetos, petrificada con el tacto. Su mirada se tornó hielo al instante, su cuerpo una figura de mármol. Luego, alguien pudo distinguir un leve temblequeo de sus manos, sus párpados tiritando, la respiración discontinuada. Ese episodio se había repetido varias veces.

Era una mujer que no toleraba el contacto ajeno pero que, de forma contradictoria, podía vestir y desvestir actores sin siquiera pestañear. La única persona que la conocía en profundidad era Marcela, una estudiante de leyes oriunda de Murcia y una de sus mejores amigas. La tarde siguiente al fracaso del café en Getafe, Elena aprovechó un descanso en el trabajo y marcó su número.

–Entonces, ¿nunca contestó? –le preguntó Marcela con la boca llena de algún cereal crujiente.

–No. Número desconectado. Te juro Mar, el nudo en la garganta…

–Sí, lo sé. Pero nada de nudo. Pasa más seguido de que lo crees, no puedes hacer nada. Extendiste tus brazos hasta donde alcanzaron. Ella tiene tu número y el mío.

Elena envidiaba la liviandad que con la que se regía Marcela, una serenidad que no era agente de la indiferencia, sino un escudo. Ella, astuta, se tomaba esa licencia para poder tolerar lo que hacía. Lo que hacían las dos fuera de sus trabajos. Era una condición para no volverse loca. Elena todavía necesitaba práctica.

–Tienes razón –Elena respiró profundo–. ¿Te veo mañana?

–Sí. En mi piso a las ocho. Un beso guapa.

Alcanzó a oír el “click” del final y guardó su móvil en la cartera.

Esa noche se presentaba Amanecer en Torrelodones, un musical de un director joven y malhumorado que todos soportaban en silencio por su gran talento. El vestuario era sencillo, excepto por una escena de baile femenino que antecedía al gran final, donde los trajes típicos de Madrid estaban exagerados en sus formas. Los volantes eran más espesos, algunas bailarinas utilizaban una sobrefalda y los ribetes decorativos eran largos y entrelazados entre sí. La escena, desde el ángulo de Elena, se desplegaba como los ciclones de colores de esos cuadros tempranos de Kandisnky. Con pinceladas discontinuas y pequeños pulsos de color.

El desafío del momento era cambiar a las muchachas en menos de tres minutos para que regresaran a escena con unos vestidos de algodón más sencillos. Los trajes eran dificultosos para manipular. Cada día, Elena esperaba con firmeza el momento justo del vendaval de volantes que corría tras bambalinas esperando su ayuda. Siempre tenía los cambios preparados, los entregaba de forma maquinal. Era, en verdad, una vestuarista de corte industrial.

Las artistas marcharon en fila de vuelta hacia las tablas con sus trajes livianos y concluyeron la obra con una ovación desmesurada del público. No importaba cuántas veces pusieran en marcha una función, la adrenalina del equipo del Martirena alcanzaba siempre los límites.

Elena, un poco más dispersa que otras noches, decidió no reprender al telonero por cerrar antes de tiempo. Después de todo era domingo y los lunes el teatro estaba cerrado, dejaría que todos se fueran a casa tranquilos. Recordó el plantón de Getafe de forma súbita. Un serpenteo eléctrico le recorrió la columna. Se propuso suprimir el recuerdo de esa tarde levantando los trajes abandonados sobre el piso de madera del camerino principal.

No le fue posible.

Alzó la mirada y encontró a Felipe en el umbral de la entrada, con los brazos cruzados, los labios en curva suave, los ojos café enfocados en su figura. Elena se puso de pie de forma súbita, se tambaleó y contuvo una sonrisa.

–Pero…si nunca te dije mi nombre –alcanzó a balbucear, nerviosa.

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