La Vestuarista

Capítulo 4

La sonrisa de Felipe era hija de la victoria, pero ella le dio la espalda para que no notase el fulgor de sus mejillas. Inmóvil, esperó a que Elena terminara de recoger los últimos trapos, cosa que hizo con una energía contagiosa. La vio rebotar por los rincones del pequeño recinto, arrojando prendas y zapatos hacia una cesta de mimbre, murmurando incoherencias por lo bajo. Estaba intentando concentrarse en ordenar el lugar para escapar de su mirada intimidante.

–No fue tan difícil. Pensé que iba a tener que utilizar mis dotes de investigador digital, pero me bastó con preguntar por aquí cerca. Dije que estaba buscando a una vestuarista de teatro de cabello muy rizado que siempre quiere tener la última palabra.

La avergonzó la certeza de sus palabras. Elena era transparente en sus formas y Felipe iba en camino a ser un experto en su lectura. Pudo notar el latido de su frente cada vez más potente y tuvo miedo de sudar. Siempre sudaba un poco cuando estaba nerviosa. ¿Qué hacía en su trabajo? ¿Por qué la había rastreado? Después de todo, casi ni la conocía.

–Me enviaron directo a este teatro, a buscar a Elena.

–¿Dónde preguntaste? –lo increpó ella, a la defensiva.

–En una mercería, por supuesto –contestó él, otra vez triunfante.

–Claro, la mercería de García Míguez. Ese gallego bocazas…me va a escuchar…

Felipe se rio con ganas. La reacción de Elena era exactamente como lo había imaginado, muy entretenida. La encontró más atractiva que cuando la conoció, ahora irradiaba un humor mucho más lozano. Con placer, paseó la vista por  su vaquero holgado, sus bambas floreadas, esa camiseta coral que resaltaba el satinado de su piel oscura y el cabello en una coleta que agrupaba cientos de tirabuzones. La vio trabajar con ahínco. A pesar de que Elena se moría de vergüenza, Felipe no supo distinguir si su ritmo ajetreado era parte de su método habitual o sólo estaba nerviosa.

–¿Al menos viste la obra? –preguntó ella. –Sí. Me encantó. Tomé notas detalladas para discutirlas contigo en un café de aquí cerca. Tengo varias dudas que me están matando.

Ella levantó de nuevo la mirada y le dedicó una sonrisa burlona.

–No me tomes el pelo. Y hoy no puedo, he quedado –contestó murmurando.

–Me pasé casi media hora convenciendo a un gallego de que me dijera dónde podría encontrarte…me merezco, al menos, una clara fugaz. O un café con leche pequeño, de esos que tomas de un sorbo.

–¿En serio te tomó tanto tiempo sacarle la información? –preguntó Elena, sorprendida.

–No. Me lo dijo al instante, el bribón. Venga, ¡estoy intentando persuadirte!

Buscar a una muchacha que no conocía por Madrid era un riesgo que Felipe nunca se hubiera permitido. No solía afrontar aventuras que pudieran derivar en placer. Era un hombre acurrucado en una pasividad tranquilizante, aunque anodina. Tenía un trabajo mediocre pero bien pago, devoraba libros para justificar su soledad y su vida social estaba casi relegada a sus momentos con Tomás.

No era infeliz ni perezoso, simplemente temía el hedonismo. Se sentía cómodo con su vida estándar y a veces lo paralizaba la idea de que allí afuera pudiera esperarlo algo mejor. No encontraba el empuje necesario para perseguir un deseo, tampoco quería hacerlo. El derrumbe de su familia había barrido cualquier pronóstico de un futuro apasionante. Felipe había hecho las paces con su fortuna y se divertía interpretando un papel de irónico incurable. Todo encajaba a la perfección.

No obstante, el rostro de Elena bajo la trémula luz del café de Getafe se había impregnado en su memoria, su perfume a confitura y sus palabras audaces habían agitado en él una fuerza desconocida. Por lo general, lo pasivo de su carácter lo convertía en un hombre dubitativo, pero el conocer a Elena lo había dotado de una certeza irremediable: tenía que encontrarla.

Ella prosiguió con su trabajo muy segura de su negativa. Era una rutina que ya conocía bien, la de rechazar citas. La vida en un teatro atrae gente nueva constantemente y era una mujer muy bella. Descartaba propuestas por montones.

–Hagamos un trato. Me acompañas a un café de aquí a la vuelta. Te sientas conmigo y tengo tres minutos para relatarte una historia graciosa. Si no te lo parece, puedes irte sin más explicaciones. Nunca más volveré a molestarte.

Felipe había jugado su última carta. De pronto, ella se frenó en silencio, se irguió, dio media vuelta, alcanzó su cartera de un escaparate y pasó por su lado. Se frenó otra vez en la entrada, bajo el marco azul de la puerta del camerino, y lo miró fijo con una sonrisa.

–No puedo rechazar una oferta como esa. Tres minutos, ¿eh?

–Vale. Soy Felipe, por cierto –le contestó exultante.

El café Joaquino era un pequeño establecimiento a pasos de la Plaza de los Carros. Felipe solía caminar desde su piso en Marqués de Vadillo hasta allí para poder leer tranquilo. Tenía un pequeño patio interno de baldosas color cereza y paredes revestidas por la hiedra, decorado con banderines de fútbol y unos lamparones antiguos de gasolina. Era un espacio reservado a los clientes favoritos de Joaquino Alcázar, su dueño.

Elena y Felipe tomaron asiento y pidieron dos cañas. De fondo, sonaba I put a spell on you, de Nina Simone. Felipe notó que Elena tarareaba la canción por lo bajo. Unos segundos después, ella miró su reloj, levantando las cejas.

–Te daré cinco minutos porque este lugar tiene encanto –le dijo con una sonrisa.

–Podrían ser siete, por la música. Me gusta mucho esta canción y a ti también.

–Tienes razón. Que sean siete.

–Bien. Bueno, hace un año tuve que viajar a Argentina porque el padre de un gran amigo, Juan Cruz, falleció luego de una larga enfermedad en la ciudad de Rosario.

–Oh, no… Será una historia triste… – dijo ella, dejando caer su cabeza hacia atrás.

–¡No! –contestó él–. No me hagas perder segundos, que es trampa. La familia de su madre, quién había muerto cinco años antes, tenía mucho dinero. Eran dueños de un mausoleo en un prestigioso cementerio de la ciudad. El arreglo era que en él serían depositados los ataúdes de sus abuelos, su única hija Antonia y, eventualmente, su esposo Ricardo, el padre de mi amigo.

–Bien…

–Entonces ya habían tres cuerpos que descansaban en ese hogar eterno. Cuando Ricardo murió, los preparativos se pusieron en marcha para guardarlo luego del velorio. La procesión que lo acompañaba era interminable; era un académico muy popular y querido, además de heredero de un linaje exquisito –Pausó para tomar un sorbo de cerveza–. Mi amigo estaba devastado porque siempre había tenido una conexión muy especial con su padre, pero estaba agradecido por la concurrencia. Luego de un largo camino a través del cementerio, al rayo del sol y con cuarenta grados, llegamos al mausoleo.

“Era una construcción de estilo victoriano, muy pomposa, con los nombres de las familias en placas doradas. No escatimaron en ribetes de mármol ni figuras de ángeles. También había un par de inscripciones cristianas en latín. Te digo, todo muy de película –dijo Felipe, haciendo un gesto florido con las manos–. El problema fue que cuando intentaron abrir la puerta con una llave de hierro pesada, la cerradura no cedía. Intentaron por varios minutos, mientras la gente se derretía bajo el sol de verano, todos impacientes –Felipe hizo un paréntesis para revisar el rostro de Elena, que lo escuchaba con atención y una suave sonrisa–. Cuando mi amigo por fin se decidió a acercarse hasta el edificio de la administración, con el traje arremangado y aureolas de sudor bajo el brazo, le informaron que en el citado mausoleo no había lugar para un cuerpo más, por eso habían cambiado la cerradura. Era una cuestión legal.

“No, no, contestó Juan Cruz. No puede ser. El plan era poder guardar cuatro cuerpos, no tres, le dijo al encargado, un hombre rechoncho y sereno. Claro señor, pero si ya hay cuatro cuerpos, le informó el encargado. No, hay tres –Felipe cambiaba el tono de voz con cada personaje–.  Hay cuatro señor, por favor revise nuestros registros. Juan acercó la nariz a un un manuscrito amarillento. Leyó los nombres de sus abuelos, el de su madre Antonia y al final de la lista, como un colofón satírico, el de Ernesto Lavandia.

Elena lo miró atenta, inmóvil. Felipe pausó diez segundos. Podía hacerlo, después de todo todavía le quedaba tiempo.

–Era el amante de Antonia. La madre le había cedido el lugar del ataúd de su esposo al ataúd de su amante –remató Felipe, sorbiendo con tranquilidad su cerveza.

Elena profirió una carcajada poderosa y sonora, que le desfiguró el rostro. Desde la barra, Joaquino se asomó para ver por qué tanto alboroto.

–No puedo explicarte la confusión que reinó entre los acompañantes. Una tía se desmayó cuando le avisaron, aunque no sé si fue por el calor o estaba fingiendo para escapar del escándalo. Debo admitir que varios lanzaron un par de risas al aire, disimuladas por el tumulto de gente que iba y venía para difundir el chisme o ayudar con alguna solución.

–¡Dios mío! ¿Cómo pudo hacer eso? –exclamó Elena entre risas.

–Aparentemente, como nos enteramos después, era posible. Antonia tenía el poder para hacerlo. Cuando Ernesto, su amante público, murió en un accidente de tránsito, se sintió tan desolada que decidió llevárselo a la tumba pero en secreto. Dicen que la frase “no tiene ni donde caerse muerto” se usa para las personas que no tienen dinero. Ricardo tenía en su poder todos los duros de la ciudad de Rosario. Lo que le falló fue el detalle de una esposa confiable.

Elena no podía frenar la risa. Le surgía desde las entrañas, incontrolable, embriagadora. –Hay de todo en la viña del Señor, reza el dicho. No es que yo sea religioso, pero vamos, que esa viña parece variadita.

–¡Qué locura! –agregó ella, perdiendo su mirada en un punto desconocido.

–Pues ya ves. Creo que he ganado.

Ella frunció los labios y se encogió de hombros. Estuvo a punto de dedicarle una mirada seductora pero se contuvo un segundo antes. Entonces, los acechó un silencio incómodo. No había nadie en el pequeño patio y ella, para distraerse y relajar su pulso excitado, elevó su mirada al cielo. Notó una multitud de prendas recién lavadas, agitadas por el viento nocturno en las sogas que nacían de las ventanas. Tomó una nota mental de los patrones geométricos y cerró los ojos.

–Mi padre era sastre –dijo Elena, de forma súbita.

–No me sorprende –contestó Felipe.

El hecho de que hubiera contestado con simpatía a un comentario lanzado casi al azar la colmó de una ternura indescriptible.

–Murió cuando yo tenía diecisiete. En un accidente de tránsito.

–¿Y tu madre?

–También. Cáncer. Yo tenía sólo cuatro.

De forma instantánea, Felipe imaginó a Tomás sin su madre y se estremeció. Por primera vez durante la noche no supo qué decir.

–Perdón, no quería arruinar la conversación. Es que vi las telas colgadas y se me vino a la mente. Pienso en él muy seguido. ¿Te gusta el Madrid Río? –dijo ella poniéndose de pie.

Felipe sonrió. Le gustaba mucho su espontaneidad casi infantil.

–Paso por allí muy seguido, vivo cerca.

–Te pregunté si te gusta.

Elena entornó los ojos. Felipe se encogió de hombros.

–Es un parque. A orillas de un río. Está bien.

–Pues vamos. Quiero tomar aire –le indicó ella.

Salió del recinto con prisa. El la siguió con las manos en los bolsillos, admirando su pequeña figura y su andar determinado. La alcanzó y caminaron juntos en silencio, por Puerta de Toledo. El sur de la ciudad se divisaba difuso pero luminoso, como una profusión brillante que pierde fuerza con la lejanía, como figuras de acuarela que se vuelven más acuosas con la distancia.

Durante el camino hablaron de sus familias. Él le contó que sus padres eran sevillanos y que todavía vivían allí. Le contó detalles de su experiencia universitaria en Barcelona y de su amor por la cultura catalana. Le habló de Tomás, de su antigua casa en Aravaca, de sus mascotas de la infancia y de cuánto odiaba viajar en avión.

–¿En serio? –respondió ella–. Pues a mí me encanta. Es como que allí entre las nubes ninguna regla aplica. Es como que, a partir de una cierta altura hacia arriba, todo vale.

–¿Y eso qué significa? No habrán reglas pero tampoco puedes moverte de tu asiento. ¿Cómo funciona el “todo vale” si no puedes hacer nada?

–No sé, es sólo una sensación… No todo tiene que tener sentido en la vida.

–En eso estoy de acuerdo. Bajaron hasta el Puente de Toledo y se frenaron en uno de los balconcillos del centro. Un grupo de parejas se hacía fotos a su lado, con la estampa panorámica. El otoño ya se asomaba, pero el perfume de los jazmines del parque todavía era potente. Felipe señaló un fragmento de tierra, justo frente a la estación de metro de Marqués de Vadillo.

–Me gustan esos laberintos. Los imagino como los de Borges. Mi hijo Tomás juega a perderse en ellos. Por desgracia para él, es muy fácil encontrar la salida. El juego dura, como mucho, cinco minutos. Ojalá su vida sea así, con algunos imprevistos que lo entretengan pero con una salida siempre a mano.

Elena sonrió. Le agradaban sus aforismos. En principio, había pensado que era un hombre atractivo y altanero, pero su impresión iba cambiando. Ahora, le notaba un dejo melancólico, aunque no triste. Era evidente que le gustaba conversar y hacer malabarismos con el lenguaje, pero no justamente para conquistarla. Ese descubrimiento la reconfortó.

–¿Y tú también juegas en los laberintos? –preguntó ella.

–Los juegos son para niños.

–Ahhh… ¡Como te equivocas!

Los dos rieron con ganas. Elena estaba apoyada sobre la baranda del balcón, con las palmas sobre la piedra y los brazos estirados, mirando hacia el río. La mano izquierda de Felipe se acercó con sigilo y su borde rozó el de ella. Elena reaccionó como si la hubiera partido un rayo. Retiró la mano, ágil. Sintió el calor que brotaba desde el centro de su sien y coloreaba sus mejillas. El contacto de Felipe, aunque frágil, caló hasta sus huesos. Sabía bien hacia dónde iba todo esto. Elena intentó disimular la incomodidad, pero pudo leer en su mirada que todo estaba muy claro. Sintió la garganta áspera y tragó con dificultad antes de hablar.

–Creo que debo irme. Ya es tarde y mañana temprano tengo un compromiso –dijo evitando sus ojos.

A Felipe no se le ocurrió contradecirla. Su insistencia había alcanzado el límite diario y era cerca de medianoche. Volvió a meter las manos en los bolsillos, revisó el horizonte en busca de un punto de concentración y dirigió su marcha hacia el norte.

–Vives en Pirámides, ¿verdad? Te acompaño. No es seguro que camines sola a esta hora.

–Vale, es aquí cerca –contestó ella.

Las calles colindantes al río Manzanares estaban desiertas. Corría una brisa tibia, un poco húmeda por la cercanía del agua. El cielo, lúcido y brillante, no dejaba ver ni una sola nube. Caminaron a la par pero evitaron la mirada. Vistos desde sus espaldas, los separaba un telón invisible, delgado pero impermeable. Ella iba pensando “Dios mío, casi cruzo una frontera”. El, lejano, ya iba imaginando alguna otra cosa irrelevante.

Se detuvieron en la entrada del edificio de Elena y se dedicaron una mirada cariñosa. Ella jugueteó nerviosa con los bordes de su cartera. Le quitó la vista de encima y se enfocó en sus pies. Felipe prendió un cigarro y le agradeció por la compañía. En ese momento, los dos pensaron lo mismo. Ella no quería pedirle su teléfono y la aterraban las ganas de que él lo hiciera. Pero él no iba a correr el riesgo, la breve velada le había parecido un deleite casi accidental. Antes de buscarla, había estado casi seguro de que ella no aceptaría la cita.

Se despidieron y cada uno siguió su rumbo. Felipe cortó camino por una pequeña callejuela para enganchar luego el Paseo de las Acacias, sin dejar de pensar de qué manera podía contactarla de nuevo. Pero, ¿valía la pena reintentarlo? Elena disparaba señales contradictorias, tal vez demasiado confusas como para aventurarse una vez más. Nunca se había sentido estimulado por el viejo juego del tire y afloje. Le gustaban las cosas claras, concisas. Ya no tenía energías para ese tipo de andanzas. Se le ocurrió, un poco resignado, que podía dejarlo al azar. “A veces, con los días, todo cae en su debido lugar”, pensó. Sí, el azar era una buena respuesta.

Así estaba, enfrascado en su reflexión, cuando escuchó su nombre a la distancia. Se giró sobre su hombro y divisó una figura menuda que se acercaba a toda prisa. Elena llegó hasta él agitada, con el rostro empapado, las mejillas encendidas, las palabras entrecortadas. La tomó por los hombros y, con suavidad, la sentó en una escalinata.

–Angélica. Mi compañera de piso. Desapareció. Se fue.

–¿Desapareció o se fue?

–No está su ropa. La puerta de entrada estaba sin cerrojo y su llave estaba sobre la mesa. Se llevó cien euros que tenía guardados en un cajón secreto.

–¿Cien euros tuyos o de ella?

–Míos –balbuceó, casi sin aire.

Felipe la abrazó con su brazo derecho. Para su sorpresa, ella apoyó la cabeza en su hombro, sollozando como una criatura. El pensó que su reacción al incidente parecía exagerada, pero no se le ocurrió nada más que intentar calmarla.

–Tal vez se fue de viaje. ¿La llamaste?

–Sí. Desconectó su número. No se fue de viaje, es que no entiendes.

–¿Y por qué no me explicas?

Elena frenó el llanto. Se secó la mejilla con la muñeca y suspiró.

–No puedo dormir allí –dijo, como hablando para sí misma.

–¿Quieres que llamemos a la policía? Negó enérgicamente con la cabeza.

–No entiendes. No se puede –dijo levantando la voz.

–Vamos a hacer una cosa, si te apetece. Te vienes a dormir a mi piso. Tengo una habitación de más. Mañana, cuando estés más tranquila, me cuentas qué sucede y vemos cómo lo solucionamos, ¿suena bien?

Elena lo miró con gratitud, aunque muy reacia a la propuesta. Una lágrima afilada se había enclavado justo en la mitad de su mejilla. Sus ojos, hinchados, titilaban rabiosos. Pero las palabras de este hombre desconocido, dulces y oportunas, funcionaron como un paliativo al pánico. Se dejó vencer por el cansancio y accedió. Emprendieron la marcha hacia el sur, a paso lento.

–¿Cómo sabías que iba caminando por esta callejuela? –preguntó él.

–No lo sé. El azar, supongo –respondió Elena, con la voz casi inaudible.

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