La Vestuarista

Capítulo 5

La catedral de la Almudena, justo en el corazón de la panorámica, brillaba imponente en horizonte nocturno de Madrid. Desde el ático que Felipe alquilaba en Marqués de Vadillo podían divisarse algunas estructuras emblemáticas de la ciudad. El ángulo de la vista parecía infinito. El puente de Arganzuela, un poco más abajo en el enfoque de la ventana, centellaba como un bucle inmenso. Podían verse, de a ratos, pequeñas figuras negras que lo atravesaban.

Mientras apreciaba la geografía de la ciudad desde el pequeño balcón sobre las tejas, Elena decidió dejar de llorar. Se distrajo unos minutos con la belleza de la capital. Nunca hubiera imaginado que la elegancia de Madrid pudiera actuar como un agente sedante. Se sentía hipnotizada por la mixtura de los tonos de acero y los minúsculos senderos de luces doradas. Se prometió nunca más subestimar el poder de los lugares estratégicos desde donde contemplar el mundo.

Felipe se acercó sigiloso con dos tazas de té. Cruzó la puerta ventana que daba al balcón con el tanteo de un venado asustado y le ofreció una.

–No quiero hablar del tema. No ahora –dijo ella.

– No venía a preguntarte –se defendió Felipe.

– Es que me has invitado a dormir a tu casa…

La observación no era ociosa: Elena había contemplado la posibilidad de una explicación obligada a cambio del refugio. Si se quedaba a dormir en su piso, debía al menos contarle el por qué.

–Lo sé. Es curioso. Pero tampoco es tan grave. Sé que nos acabamos de conocer, pero la gente duerme en camas ajenas y desconocidas todo el tiempo…por otras razones más divertidas, claro.

Ella interrumpió su trance y se dio vuelta. Lo encontró a veinte centímetros de su rostro. Lo supo porque era una experta en calcular distancias cortas, justo como las que recortaba sobre las telas.

–¿Me estás seduciendo? –dijo con un tono que quiso expresar curiosidad, pero delató un dejo de rechazo.

–Vengo intentando seducirte desde que te conocí en Getafe. Pero no, justamente ahora, en este mismo instante, no. No sé por qué dije eso.

Una brisa fresca les despertó escalofríos y confirmó que las noches de verano ya agonizaban. Felipe siempre había disfrutado de poder percibir el momento exacto de un cambio de estación, pero esa noche sentía pocas fuerzas. La tristeza de Elena era contagiosa y él se juzgaba un hombre empático.

Elena se mordió los labios para no llorar de nuevo y abrió grandes los ojos. Los sintió secos y tirantes. Pensó en enviarle un mensaje a Marcela para avisarle de la huida de Angélica, pero algo la detuvo. Decidió hablar con ella al día siguiente, en persona.

–¿Ya podemos dormir? –le preguntó a Felipe con una expresión vacía e infantil.

El sintió ganas de reír, pero se contuvo.

–Podemos dormir cuando tú quieras. Te he preparado la cama de Tomás.

–No. Prefiero dormir en el sofá, no quiero molestar.

–Vale, como gustes.

Ella se alivió de que no intentara convencerla. Como aprendería más tarde, Felipe nunca insistía demasiado en sus razones.

En la sala de estar un sofá color gris marcaba el centro del espacio, apoyado sobre una pared de ladrillo visto que exhibía dos fotografías en blanco y negro de Bruselas. Una grieta minúscula trepaba en diagonal desde el piso hasta el techo, un detalle insignificante que sólo Elena podía ser capaz de captar.

En las dos paredes restantes, un cúmulo de libros reposaba sobre seis niveles de estanterías de madera lustrada. Todos estaban perfectamente encastrados y agrupados por tamaño. Todos menos uno, que yacía solitario en una mesa ratona de hierro y vidrio. Elena se preguntó cuántas historias dormirían entre las motas de polvo. Incontables, probablemente.

Felipe le alcanzó una cobija de su habitación y una almohada pequeña.

–¿Has leído todo esto? –le preguntó ella señalando los muros.

–No. La mayoría sí, pero muchos los he leído sólo hasta la mitad. Algunos los tengo en lista de espera. Si no puedes dormir, puedes coger el que quieras. A veces agarro uno y lo abro al azar, buscando frases que me sirvan de profecía. Me parece mejor que leer el horóscopo.

Elena le respondió con una leve sonrisa, todavía sorprendida por sus palabras irónicas y genuinamente graciosas. Ahora, sospechaba que Felipe atesoraba con cuidado una extensa lista de apreciaciones ocurrentes y esperaba con anhelo los momentos exactos para hacerlas lucir.

Le dejó un vaso con agua sobre la mesa y le dio las buenas noches. Ella le recordó que se iría temprano, posiblemente antes que él despertase. Él asintió sin más acotaciones y apagó la luz del pasillo. Se sentía profundamente nervioso. Esa noche no pegaría un ojo, demasiado concentrado en el delicado sonido de la respiración de su huésped y la peligrosa cercanía de su cuerpo, a sólo unos pasos de su cama.

Cuando Elena se quedó sola, se acomodó en el sofá y estiró la mano para coger el único libro de la mesa ratona. Era El cuaderno gris, de Josep Pla. Obediente, abrió una página al azar y leyó: “Sentado a la mesa, ante una blanca, inmaculada cuartilla, pluma en mano, pienso, a menudo, que una de las cosas más limitadas de este mundo es la esperanza”. Dejó el libro, se encogió sobre sí misma y comenzó a llorar, cuidando de no hacer ruido. Estaba muy segura de que Felipe podía oírla. Se durmió de golpe, sin tregua, a pesar de sus párpados colmados de lágrimas y la presión resistente y punzante en el pecho.

Varias horas más tarde, Felipe despertó sorprendido, creyendo oír un golpe lejano. Llevaba casi diez años ensayando la misma secuencia mental apenas abría los ojos: analizaba qué maniobra aplicar para levantarse sin sufrir ningún calambre, qué iba a desayunar, qué camisa usaría dependiendo el día, cuál periódico leería primero. Fue sólo durante su divorcio que su rutina se había alterado, aunque levemente.

Esa mañana, con los pies congelados y las rodillas inertes, Felipe despertó sorprendido porque su atención se posó completamente en la idea de Elena, quien tal vez todavía dormía en su sala. Se sintió extraño e inquieto, para nada acostumbrado a estos desniveles en su rutina. Había dormido poco, muy pendiente de los suaves giros en el sofá de su invitada, que había alcanzado a oír con una precisión de alarma. El otoño ya se sentía irreversible, no sólo por el frío que saturaba la habitación sino también por ese novedoso sentimiento que no parecía dispuesto a esfumarse.

Revisó el reloj. Eran las siete y cuarto. Se puso un par de pantalones y se dirigió hacia la sala. El sofá estaba vacío y tan mullido como la noche anterior, la cobija estaba perfectamente doblada sobre la almohada. Recorrió la sala con la mirada, en busca de otra huella de la mujer que había pasado la noche en su casa. Estiró el cuello y miró hacia el baño, la puerta estaba abierta y no había nadie allí. Se dirigió a la cocina y la encontró intacta.

¿Qué habría pasado con su compañera de piso? El tema, sorprendentemente, le preocupaba, de la misma forma que preocupa a los lectores el desenlace de una novela muy dramática. No podía olvidar la desesperación de Elena mientras corría hacia él con el rostro empapado. Regresó a la sala y se sentó en el sofá, desencantado. Su mirada se posó sobre el libro de Pla y encontró sobre él un pedazo de papel doblado a la mitad:

Gracias por todo y perdón. Espero no haberte importunado.

La nota concluía con una firma subrayada y la acompañaba, en letra muy clara, un número de teléfono.

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