La Vestuarista

Capítulo 6

Elena cruzó la glorieta de Marques de Vadillo dando pequeños brincos para apresurarse. Alcanzó a girar la cabeza y contemplar una vez más los laberintos del Madrid Río. Sonrió con sutileza y se dirigió hacia la parada de bus. Revisó el cartel luminoso con los horarios de llegada y esperó con ansiedad. Eran las siete y media de la mañana.

Se sentía incómoda y con frío, pero no tenía tiempo de pasar por su piso para ducharse. Tampoco tenía ganas de retornar a ese escenario; el mero recuerdo de la habitación de Angélica completamente vacía le disparaba escalofríos. En el fondo sospechaba que su compañera de piso no corría peligro, pero la angustia era inevitable. Le pediría a Marcela una muda de ropa apenas llegase a su casa, pensó acariciando sus antebrazos.

Tomó el primer bus hacia Carabanchel. El sur de la ciudad ya despertaba. Algunos comercios todavía no subían sus persianas, pero los más diligentes ya habían abierto las puertas y la gente recorría las aceras con un ritmo apresurado. La impaciencia de los lunes era contagiosa.

Se detuvo en un edificio muy antiguo sobre la calle Eugenia de Montijo, sin elevador. Subió los cuatro pisos por escalera al trote y se abalanzó sobre una entrada. Pulsó el timbre dos veces seguidas. Su amiga la recibió con un abrazo acogedor y no hizo preguntas por su aspecto descuidado. Marcela era una belleza artificiosa: excedida en maquillaje, con el cabello inmóvil por los incontables betunes que usaba y siempre, pero siempre, subida a un par de tacones vertiginosos. Incluso a las ocho de la mañana.

–Angélica se fue –dijo Elena antes de cruzar el umbral.

–Lo sé. Me envió un correo anoche.

Se miraron, petrificadas. El rostro de Marcela, como era usual, no abandonó la serenidad. Elena abrió la boca para decir algo, pero decidió cerrarla cuando escuchó las voces que provenían de la sala.

–Ahora lo hablamos. Pasa. Tenemos una muchacha nueva –le dijo tomándola del brazo.

En la sala, tres chicas conversaban en voz baja, sentadas alrededor de una gran mesa redonda. Había tazas de café vacías y ceniceros repletos de colillas. Elena dedujo que debían llevar un par de horas reunidas por el aroma agrio de la habitación. La sensación de encierro la aturdió, pero intentó recomponerse. Todas levantaron la mirada y la recibieron con sonrisas.

Esas miradas, aunque diversas, le eran dolorosamente familiares. Excepto una.

–Elena, ella es Sara –dijo Marcela tocándole el hombro a una muchacha menuda–. Está estudiando periodismo y quiere escribir sobre nuestro grupo.

Elena se frenó en seco y miró a Marcela con desconfianza, los ojos abiertos como dos lunas llenas. Negó con la cabeza con tal suavidad que fue casi imperceptible.

–Los nombres cambiados, cariño –le respondió su amiga.

–Y algunos detalles pequeños también –agregó Sara, ajustando sus gafas.

Elena no se convenció. Nunca había contado su historia fuera del hermetismo de su grupo. Sin embargo, sabía que muchas publicaciones por el estilo daban vueltas en la web, era poco probable que si los nombres estuviesen cambiados alguien la relacionara con el tema. Su historia era tristemente común.

–Ya conoces a Marina… Y ella es Soledad. Me contactó ayer por la tarde.

La muchacha levantó la mirada y Elena pudo adivinar los vestigios de un moretón en su ojo izquierdo, casi invisible. Era una chica guapa, de pelo castaño muy lacio y eternas pestañas rizadas. Sin embargo, parecía que un balde de agua fría le había caído encima, degradando su apariencia. Estaba pálida y a pesar de no llevar encima ni una gota de maquillaje tenía los labios de un rojo exagerado.

–Ya escuchamos su historia más temprano –le dijo Marcela al oído–. Soledad, ¿te importaría contar tu historia de nuevo, así Elena está al tanto?

La chica asintió y tomó un sorbo de agua que pareció interminable. Juntó los labios y se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja, como preparándose para recordar algo doloroso. Elena tomó asiento a su lado.

–Soy prostituta desde los veintiuno. Empecé por una amiga de la uni que me convenció de hacerlo. En esa época comenzaba mis estudios en Antropología, pero no tenía ni un centavo. La idea me gustó porque no habían intermediarios de por medio y porque siempre me consideré muy liberal en lo que respecta al sexo. Mi amiga se vestía con atuendos elegantes y se paseaba por los bares de los hoteles más exclusivos de la ciudad, así conseguía a sus clientes, todos hombres poderosos, educados. Nunca había tenido ningún problema. Les cobraba directamente y luego ellos le enviaban a sus conocidos. Ella se había armado una red muy eficiente. Parecía muy simple y poco riesgoso.

Elena notó que Sara escribía en una pequeña libreta sin parar. Aparentemente, no tenía permiso para grabar la conversación. Dedujo que la estudiante recogía datos, pero también las expresiones de empatía, el aroma del encierro, la secuencia de las tazas que iban y venían, los gestos de cada una al prender un cigarro. Su atuendo arrugado, lo agitado de su cabello. Se sintió intimidada, pero pensó que era la única forma de que la estudiante pudiera escribir una buena historia.

–Pues yo la seguí. En ese ambiente de personajes refinados me encontré con otras chicas que hacían lo mismo. Todas independientes, trabajando por su propia cuenta. Conocí un par de mujeres de agencias de escorts, pero muy pocas. Debo admitir que al principio me fue bien. Nunca tuve problemas con el hecho de trabajar con mi cuerpo. Todavía no los tengo –dijo y pausó unos segundos–. El problema fue Carlos.

Soledad cogió de nuevo el vaso. Marcela tomó una botella y lo rellenó. Se produjo un silencio expectante. Elena sintió las palmas húmedas, al igual que la nuca. Descruzó sus piernas y se aclaró la garganta. No quería perder la concentración.

–Fue mi primer cliente tan asiduo. Empezamos viéndonos una vez por semana, pero al mes me pidió que nos viésemos más seguido. Como no era casado, yo lo acompañaba a fiestas y reuniones sociales. Me presentaba como su cita, siempre –Soledad hizo un alto para pensar su siguiente frase–. A veces podía distinguir qué hombres sabían lo que hacía, por el matiz de las miradas. Somos moneda frecuente en esos ambientes, ya saben. El problema fue que Carlos se obsesionó conmigo.

Elena y Marcela intercambiaron miradas de preocupación. Sara notó ese detalle y comenzó a escribir frenéticamente. Parecía querer dejar escritas sus impresiones antes de que desaparecieran del ambiente, antes de que no pudiera recordar si habían sido reales o las estaba inventando en el papel.

–Me llamaba a cualquier hora, a veces sólo para conversar, y muchas veces llorando. Me ofrecía altas sumas de dinero por pasar sólo unos minutos con él, me arrojaba billetes en la cara –dijo clavando la vista en Marcela, con los párpados semi cerrados y las mejillas coloradas–. Era un hombre sumamente ocupado, pero cada segundo que tenía libre lo dedicaba a buscarme. A veces, se aparcaba con su coche en la puerta de mi piso y me esperaba por horas –Una vez más, hizo una pausa y buscó palabras en su mente–. La situación se volvió insoportable y él muy violento. Intenté cortar la relación, pero fue imposible, estaba empecinado. Cuando decidí no hablarle más, envió un correo a la dirección de carrera de mi universidad y me acusó.

Soledad tomó su bolso y sacó otro cigarro. Sara le alcanzó un mechero. Las muchachas pudieron notar su pulso agitado y el esmalte de uñas rojo en piquetes descuidados. Prendió el cigarro y siguió hablando al liberar el aire por la nariz.

–Decidieron expulsarme del programa por “conflictiva” –remató con una sonrisa irónica–. Me quedé sin nada. Además, y esto es lo más grave, yo guardaba todos mis ahorros en mi piso, en efectivo. Ya saben que es imposible ingresar altas sumas en una cuenta de banco sin que hagan preguntas –Todas las chicas asintieron, como conscientes de una complicidad compartida–. Pues hace una semana llegué a casa y encontré la puerta abierta, todo el piso revuelto. Me había robado todo mi dinero. Me envió un mensaje diciendo que él era mi única salida, que si no regresaba con él no tendría nada, nunca más en mi vida –dijo la muchacha, cogiendo su móvil para encontrar el mensaje. Extendió el brazo y exhibió la pantalla.

Todas acercaron sus rostros al pequeño rectángulo iluminado, contorneando los ojos para leer.

De pronto, el rostro de Soledad se volvió claro en la mente de Elena. La reconoció. La había visto un par de veces, dando vueltas por el hotel Avenida, ensayando ese pavoneo de cisne tan característico de su clase. Se puso de pie súbitamente y se dirigió al baño. Cerró la puerta y se recostó sobre ella, respirando profundo. Se miró al espejo y la sorprendió su palidez.

Por momentos, Elena olvidaba su pasado de prostituta. Había hecho todo lo posible para encerrarlo en un baúl blindado y no hablaba del tema ni con Marcela. Pero una imagen difusa o el simple contacto de una mano ajena podían hacer regresar algunos recuerdos de forma nítida. Entonces, no encontraba dónde ocultarse y cuando esto sucedía, el corazón se le descontrolaba y un mareo potente le bloqueaba la concentración. No tenía más remedio que cerrar los ojos y contar hasta diez, hasta que la turbulencia se alejase.

Volvió a la sala y ensayó unas disculpas. Las muchachas le dedicaron una mirada de empatía, como diciendo “nosotras sabemos, no pasa nada”. Se sintió un cliché con piernas. Detestaba esa sensación de percibirse como alguien tan común, una víctima más de las malas elecciones. Le habían servido una taza de café con leche, pero no la tocó.

–Soledad, vamos a ayudarte. Primero, vas a dejar tu piso. Te vendrás a vivir aquí conmigo por un tiempo. Vamos a buscar la forma de que te vuelvan a aceptar en la universidad, ¿vale? –explicó Marcela.

La muchacha asintió, bajando la mirada. Elena la rodeó con los brazos y le estrujó los hombros con cariño.

–¿Has considerado dejar la prostitución? –le preguntó.

Marcela la fulminó con la mirada, pero no le importó. Estaba acostumbrada. Ese era su gran punto de discordancia. Su amiga todavía ejercía la prostitución y defendía con ahínco el derecho de una mujer a trabajar con su cuerpo, siempre y cuando fuese bajo sus propios términos, como su propia jefa. Elena, por su parte, estaba en contra del ejercicio. Creía que que ninguna mujer sería feliz para siempre como mercancía en un escaparate y sabía que sólo un ínfimo porcentaje trabajaba de forma autónoma en España.

Este pequeño grupo que manejaban desde hacía casi un año se encargaba de ayudar, en principio, a chicas perseguidas por algún cliente obsesivo. En eso podían estar de acuerdo: ninguna mujer debía ser víctima de las manías venenosas del machismo. No era tarea fácil porque todas las muchachas que acudían a ellas pertenecían al grupo conocido en el ambiente como “las merodeadoras”, chicas que trabajaban de forma autónoma y desfilaban por campos minados de hombres ricos y poderosos. Hoteles, clubes privados, fiestas de la alta alcurnia.

Una vez que un cliente se obsesionaba con alguna de ellas, era difícil escapar de sus tentáculos porque eran capaces de usar hasta el último ápice de su influencia para coaccionarlas. A las denuncias policiales las succionaba un agujero negro. El desamparo era inminente. Hasta la fecha, habían ayudado con éxito sólo a cuatro chicas. Las habían acogido mientras duraba el temporal. Todas estaban sanas y salvas.

Pero muchas llamaban a la puerta y luego desaparecían. Tal vez por miedo. Como Angélica, quien vivía con Elena desde hacía dos meses e iba escapando de un empresario drogadicto y sádico. O como Marianela, a quién Elena esperó en vano en el café de Getafe sin llegar a conocerla. Esas situaciones le perforaban el corazón, la inundaban de desesperanza por esa incertidumbre tan cruel, por no saber qué podía pasar con ellas. Le hacían creer que todo el esfuerzo era en vano. Que no, no podía cambiar el mundo ella sola. Le costaba entender la complejidad de estas situaciones, no sólo la maldad de algunos hombres sino la incoherencia de los seres humanos en general. En ese sentido, Elena se juzgaba muy ingenua y Marcela se lo recordaba cada vez que se le desataba una crisis. “Siempre te digo que me conmueve tu inocencia, Eli”, solía decirle. Admiraba mucho a su amiga y la escuchaba con atención para poder contagiarse de su racionalidad.

–Elena, ¿me ayudas en la cocina? –le pidió Marcela interrumpiendo la charla.

Cerraron la puerta del pequeño recinto. Elena evitó la mirada de su amiga.

–Habíamos quedado en que no puedes preguntar esas cosas. Es una decisión personal si siguen en el negocio o no, siempre y cuando sean independientes. No involucres tus ideologías, Elena –la reprendió en voz baja.

El silencio duró cinco segundos.

–¿Me puedes enseñar el correo de Angélica? –dijo Elena, cambiando de tema–. Me podrías haber avisado. No pude dormir en mi piso anoche, por la angustia.

–¿Y donde dormiste? –preguntó Marcela sorprendida.

–En la casa de un amigo.

Elena recordó la secuencia. La caña en La Latina, el paseo hacia el sur. Su mano acercándose a la suya. La vista del balcón y el libro de Pla. Elena se enrojeció, oscilando entre la emoción y la angustia. Su amiga no dijo nada.

–El correo –demandó una vez más.

Marcela tomó su móvil y le mostró la pantalla.

Querida Mar, te escribo para avisarte que dejo Madrid. Tengo un primo en Oviedo que me ofrece alojamiento por un tiempo. Me voy para empezar de nuevo, ya no quiero saber nada con esta ciudad. No quiero decirle nada a Elena porque la conozco, es muy emocional. Dile que apenas pueda le devolveré el dinero que tomé. Gracias por todo.

Elena respiró profundo y no se atrevió a decir nada. Se regía por un carácter muchas veces nocivo que la llevaba a intentar imponer su visión. Era arrolladora con sus ideas, más si surgían de sus valores morales. Pero esta vez tomó el camino de la resignación. Apretó el hombro de su amiga y se dirigió de vuelta hacia la sala.

Su excelente relación con Marcela estaba dada por el equilibro que habían conquistado. Mientras que una despotricaba contra el mundo y alzaba su espada sin reparos para defender una causa, la otra aplicaba paños fríos y aportaba cuantiosas dosis de cálculos exactos para evaluar las situaciones. Elena solía perderse en los laberintos del razonamiento mientras que Marcela caminaba en línea recta, siempre con el objetivo en frente. Eran como dos elementos opuestos y perfectamente complementarios.

Volvieron a sus asientos y se interrumpió la conversación. Marcela le explicó los pasos a seguir a Soledad y le dio las gracias a Marina por haber propiciado el contacto. Cuando todas se disponían a finalizar el encuentro, Sara abrió la boca.

–Perdón, tengo una pregunta. Eres Elena, ¿verdad? Bien. Sé que Marcela todavía sigue en el negocio y que Marina logró escapar de un cliente y ya no se dedica a esto. ¿Y tú?

–Yo tampoco, ya no lo hago. Soy vestuarista en un teatro, pero por favor no publiques eso.

–Vale, vale. Pero, ¿tú también escapaste de un hombre que se obsesionó contigo?

–No. En mi caso fue al revés.

Sara dejó de escribir. Las miradas de la habitación, descartando la de Marcela, se posaron con atención y sorpresa en la figura menuda de Elena. Ella bajó los ojos, se sacudió el mareo incipiente con un minúsculo movimiento de cabeza y tomó aire. Se arrepintió de abrir la boca. Quiso salir de la habitación, bajar las escaleras corriendo y subirse al primer bus que pasara. Quiso seguir ese impulso que le indicaba romper las reglas de educación y mandar al diablo a la estudiante y esas las mujeres que la escuchaban.

Pero ya no había remedio, no conseguía juntar las fuerzas para hacerlo y, después de todo, siempre tenía que decir lo que pensaba.

–Fui yo la que se enamoró de un cliente.

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1 comment on “Capítulo 6

  1. Ohhhhh no puedo creer esto de elena me deja helada. Quiero saber que sigue!!!!!!

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