La Vestuarista

Capítulo 7

–Chicas, lamento tener que interrumpir la reunión, pero tengo clases –dijo Marcela luego de tres minutos incómodos en los que nadie se atrevió ni a respirar.

Sus palabras parecieron romper un encanto. Soledad y Marina comenzaron a guardar algunas pertenencias en sus bolsos mientras la dueña de casa levantaba las tazas dispersas sobre la mesa. Elena intentó hacer lo mismo, pero Sara se levantó de su asiento con un brinco exagerado y se acercó a ella. Se acercó demasiado, casi pegando su nariz a la suya, con la vivacidad elástica de algunos  estudiantes de periodismo, ávidos de historias para hacer lucir sus plumas.

–Elena, me encantaría poder seguir escuchando tu experiencia. Tengo la mañana libre, ¿podríamos ir por un café?

Enmudeció ante la propuesta. Claramente no tenía muchas excusas para negarse, al menos no genuinas. En el fondo sentía un poco de ternura por esta chica desconocida, por su coraje y su mirada honesta. Sintió que, ya que había resignado tanto durante su vida, podía resignar la reserva de su historia y compartirla con una joven estudiante. Qué más daba, a esta altura. Se mordió el labio inferior y puso sus manos en la cintura, para imponer autoridad.

–Vale. Pero no sólo quiero que cambies mi nombre y los detalles. Voy a contarte cosas que ni siquiera me gustaría ver publicadas. Te las contaré por contexto, pero nada más.

Sara asintió con un movimiento firme, con los ojos bien abiertos, incapaz de esconder su alegría. Recogió sus papeles con torpeza, consciente de que la oportunidad se le podía escabullir como arenilla entre los dedos si Elena lo pensaba un poco más.

–Hay un café aquí abajo –dijo Sara, apresando una parva de hojas contra su pecho. Con la otra mano, tomó su bolso y se dirigió hacia la salida.

Elena alcanzó a divisar el rostro de Marcela, que había escuchado todo. Creyó ver un esbozo de sonrisa mientras aprobaba con un movimiento de cabeza. Siguió a Sara en silencio, ordenando la cronología de su historia en la cabeza. Procuraría dejar baches y omitir detalles. Habían cosas que todavía no quería decir en voz alta, porque esa es la forma de volverlas reales.

Unos minutos más tarde, tomaron asiento en un café que se encontraba justo en el ingreso de una pequeña galería comercial. La estudiante era morena, de pequeños ojos hundidos y labios rebosantes. Llevaba un atuendo que la hacía parecer mayor. No era atractiva, pero su mirada robusta imponía presencia. Actuaba con confianza en sus movimientos y eso le imprimía una cuota de autoridad a su persona. No dejó mucho espacio para una charla informal, porque se aclaró la voz y apuntó directo al hueso.

–¿Por qué lo hiciste?

–¿El qué?

–Entrar en el negocio de la prostitución.

–¿Así empieza esta entrevista? –preguntó Elena, un poco divertida.

–Pues, sí.

Sara acomodó su espalda sobre el asiento y se cruzó de brazos. No estaba grabando la charla y tampoco parecía dispuesta a tomar notas. Su estrategia periodística siempre involucraba algún grado de provocación a la hora de conversar con alguien. No anticipó que Elena era una experta en el arte de ese juego.

–Es probable que sea por la misma razón por la que tú quieres escribir una buena historia.

–¿Por vocación?

–Claro que no. Por vanidad.

La muchacha rio con ganas, agradecida de haber escuchado esa frase. Quedaría muy bien en su narración. Elena esbozó una sonrisa liviana y también se acomodó en su asiento.

–Muchas chicas van a decirte que empezaron en esto por necesidades económicas, por el goce personal o por el placer de ser sus propias jefas. Y todo eso es cierto. Pero quiero aclararte: estoy hablando pura y exclusivamente de las mujeres que son prostitutas por libre elección, sin ningún tipo de coacción externa –dijo Elena, con una expresión seria y una palma en el pecho–. De ese grupo, que es muy reducido por cierto, creo que pocas te dirán que lo que las mueve más que nada es la vanidad personal. Hay algo muy adictivo y curioso en el hecho de transitar por territorios de hombres impacientes. Pero es un arma de doble filo. Ya te imaginas por qué.

–¿Puedo hacerte una pregunta controversial?

–No serías periodista si no lo hicieras.

–Cabe pensar que muchas mujeres que son víctimas de clientes obsesionados se lo buscaron. Justo por esto que me cuentas. Ya sabes, la vanidad y la provocación sexual…

–Sara…–Elena se acarició la coronilla. Se sintió un poco molesta por el comentario–. Sé que es un tema muy complicado. Muy delicado, por cierto. Te aconsejo que lo trates con cuidado a la hora de escribir. Ese juego de provocación debe darse bajo ciertas reglas establecidas, de respeto mutuo. Si una mujer decide trabajar con su cuerpo, ella misma debe poner los límites, y esos límites deben ser sagrados. Como en cualquier negocio, si lo piensas bien.

–Sin embargo, tú no estás de acuerdo con el ejercicio.

–No, hoy ya no lo estoy. Pero no puedo juzgar a las chicas que lo hacen de forma libre. Desde mi lugar, puedo proteger a las que son víctimas y guiarlas según mi experiencia. Y bajo ningún aspecto puedo permitir los abusos. El feminismo tiene una bifurcación irreconciliable: la rama que acepta la prostitución siempre y cuando sea autogestionada, y la que no, por las condiciones que propician un círculo vicioso de cosificación de la mujer.

–Suena complicado…

–Lo es y mucho. En nuestro grupo tratamos de no cuestionar el ejercicio, pero a mí se me hace difícil. Cada vez que conozco a una chica que ha sido violentada, trato de convencerla de que deje de prostituirse. Y en el fondo sé que es un error. Pero la autonomía…

Elena pausó y desvió la mirada. Sara esperó en silencio, unos instantes.

–¿La autonomía…?

–La autonomía es una utopía. O al menos algo muy difícil de determinar. Los seres humanos somos maravillosas contradicciones Sara, no lo olvides. Yo cuestiono algunos de mis fundamentos todos los días.

–¿Pero volverías a hacerlo?

–No –contestó Elena, tajante–. Eso sí lo tengo claro.

Elena intentó adivinar el gesto de Sara. Por unos segundos, le pareció que la joven se estaba aburriendo con su monólogo ideológico. Deseó tener una copa de vino enfrente suyo en lugar de la tisana que había pedido.

–Sara, me parece que esta no ha sido una buena idea, no suelo discutir estos temas…

Intentó ponerse de pie pero la chica la tomó del brazo. Sintió la energía palpitante de su tacto y la palma levemente húmeda.

–Tu historia puede ayudar a muchas mujeres, Elena. Te equivocas al pensar que escribo por vanidad. Escribo por servicio.

Elena armó en su cabeza la cronología de su historia. Lo hacía de forma constante, como una sentencia que la obligaba a repetirse. No lo hacía para reflexionar sobre los eventos del pasado, después de todo ciertos recuerdos no eran más que una vidriera hacia un vacío. A veces le parecía que de tanto repasar su vida algunos detalles se los había inventado, pero qué más daba. Nos construimos de relatos, solía decirle su padre.

–Está bien –suspiró.

Sospechó que la futura periodista sabía muy bien que iba a terminar cediendo. La juzgó bastante talentosa. Entonces, pensó por donde empezar y qué momentos saltarse. Iba a contarle todo desde el principio, pero le advirtió que no quería que su historia en Inglaterra se publicase.

Empezó diciendo que su madre había muerto cuando ella era pequeña y que había crecido junto a su padre en este mismo barrio, Carabanchel. Era sastre y tenía una pequeña tienda en una antigua galería de Lavapiés. Fue él quién le enseñó las mañas de las agujas y cómo curvar ciertas telas con el tacto para que las caídas fueran lo más etéreas posibles antes de pasar el hilo.

Pero la educación del color se la debe a los museos, le dijo. A los catorce años ya conocía todos los recorridos del Prado y sabía de memoria donde vivían los coleccionistas de arte con mejor gusto de la ciudad. Había visitado a varios de ellos, muchas veces. Siempre supo que no quería ser sólo modista, porque el diseño era parte de su vida. Para ella, configurar vestidos en su mente y luego coserlos eran dos etapas indivisibles.

Fue en Inglaterra donde conoció la magia del teatro, y no por casualidad. Cuando su padre, Federico, murió en un accidente de tránsito, tuvo que mudarse a un pequeño pueblo inglés, a la casa de una tía lejana que insistió en hacerse cargo de ella. Adelaide era muy cercana a Federico y sabía muy bien que su hija soñaba con trabajar entre crepés y tafetán. La mujer esperó con paciencia a que la adolescente superara su desconsuelo y se decidiera a salir de su pequeña habitación, sin preocuparse. Algún día tenía que reponerse. Y en efecto, cuando Elena asomó su nariz casi un mes después de su llegada, la llevó de paseo a Londres.

Elena quedó deslumbrada con la ciudad. Había escuchado que las capitales, por lo general, se movían a un ritmo exclusivo que las distanciaba de las otras regiones de un país. Berlín no es Alemania como París no es Francia, escuchaba decir a su padre. Pero nunca imaginó que Londres pudiera ser escenario de tantísimo encanto, diseminado por tantos barrios.

Esa primera vez fueron a parar a la casa de una amiga de Adelaide en el norte de la ciudad, a unas cuadras de Finsbury Park. Alexandra era gentil y carismática casi al extremo, un arquetipo inconfundible de la galantería inglesa. Atendía una pequeña tienda de caridad que recibía ropa de familias adineradas y las vendía por sólo algunas libras. Todo lo recaudado iba a parar a un fondo para niños con cáncer. Fue la primera vez que Elena tuvo en sus manos una prenda de diseñador. Era una falda de Balenciaga, ya muy usada, color crema, de tiro alto, con un vuelo en el frente y una caída irregular.

Durante su recorrido por Londres, la joven se maravilló con la galería de la moda del museo Victoria and Albert. La colección itinerante de esa temporada ofrecía un recorrido por los trajes de teatro más imponentes del siglo XIX. Cada uno de ellos era un monumento. La constitución, los tejidos, las posturas en los maniquís. Todas las piezas de la muestra estaban encastrados con precisa armonía, junto a los zapatos y sombreros. Pero lo más fascinante era el hecho de que no sólo eran hermosos, sino que servían para contar historias. A Elena le fue muy difícil olvidar ese pequeño detalle, esa ampliación de su belleza.

Al tercer día de visita, le pidió a su tía que le enseñara los teatros más emblemáticos de la ciudad. Adelaide sonrió con disimulo, satisfecha con el curso de los eventos. Elena no conocía nada sobre el tema, en Madrid nunca iba al teatro y tampoco leía obras, sus libros estaban repletos de dibujos y fotografías de vestidos.

Recorrieron el Teatro Nacional, el Old Vic, el Apollo Victoria, todo en una mañana. A pesar de no entender ni una palabra de inglés, Elena insistió en ver La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde, en el teatro Witney. Fue esa velada la que marcó el rumbo de su vocación. Cuando terminó la función, no podía dejar de sonreír. No había podido seguir el hilo de la historia, pero en su corazón se había plantado un deseo irremplazable. Quería ser vestuarista de teatro. Cuando la gente ya se estaba retirando del recinto, Adelaide le susurró al oído que quería que conociese a alguien. El jefe de vestuario del teatro era un viejo amigo de Alexandra; y quería conocer a Elena.

Luego de la presentación más formal de su vida, Robert Durrant la invitó a conocer los vestidores y el inmenso y rebosante cuarto de trajes. Le dijo que siempre estaban buscando pasantes para el programa que ofrecía el teatro, y que a pesar de que Londres estaba dotado de una cuantiosa suma de talentos en la moda, él sabía que Elena tenía un don exclusivo. Había conocido muy bien a su padre y sabía los detalles. Ella no alcanzó a palpar el borde de satén de un traje rojo cuando se le paralizó el cuerpo. Los ojos se le tersaron como dos esferas de vidrio. Sintió que algo poderoso germinaba en el recinto, cuyas paredes parecían temblar por la emoción que emanaba su cuerpo. Miró a Adelaide, quién sonreía con energía.

–Puedes vivir con Alexandra mientras dure el programa y regresar a Greywater en las vacaciones. Así no extrañarás tanto Madrid…–le dijo su tía, en su español perfecto.

Adelaide había planeado su destino con la esperanza de que todo funcionase y lo había logrado. La abrazó con fuerza y dijo que sí, que aceptaba. Elena no volvió al pueblo de su tía dos días después, se instaló en casa de Alexandra y empezó su formación. La pasantía pagaba una pequeña suma de dinero, lo cual compensaba atendiendo la tienda de caridad en sus ratos libres.

La amiga de su tía estaba feliz de tener sangre joven en su hogar. No tenía hijos ni familia cercana, le sobraban momentos de disfrute porque era dueña de una pequeña fortuna pero no tenía con quién compartirlos. Pronto, se hicieron grandes amigas y Elena aprendió inglés en poco tiempo. Alexandra era una mujer rechoncha y colorada, muy liberal en sus ideologías aunque muy estricta. Y culta, profundamente culta. Había estudiado botánica y tenía el jardín más precioso del barrio. Solía pasar largas tardes disertando sobre una gran variedad de temas, desde los cuidados de los limoneros en macetas hasta teorías sobre educación infantil. Hablaba del dolor que le producía ver que sus agresivos malvones habían matado los débiles brotes de las capuchinas, o admitía que había llegado a querer a su helecho serrucho a pesar de su vulgar parecido a la pluma de los sombreros de los alpinos. Alexandra sembraba nuevas inquietudes en la mente de Elena a diario, por eso la quería tanto.

Fueron días de felicidad. La vida tras bambalinas era agotadora pero excitante y Elena no tardó en destacarse entre sus compañeros. Cada día le otorgaban más responsabilidades y crecía su amor por el teatro. Durante sus vacaciones, volvía a Greywater y disfrutaba sus visitas con sosiego y alegría. Lejos habían quedado aquellos días de llantos eternos y lunas grises.

Así pasaron los meses, repartidos entre telas coloridas, paseos por Finsbury Park y conversaciones en el jardín de Alexandra. Elena llegó a conocer Londres como pocos, fiel a su estilo que la obligaba a deambular sin rumbo.

Sin embargo, había una traza de nostalgia un poco inconveniente. Era como un minúsculo insecto atravesado en su garganta, una molestia sutil pero constante que le impedía planear su futuro. Elena añoraba el color de los adoquines de Madrid y la calidez de los vecinos. Se la pasaba oyendo ecos lejanos de sus calles; pero sobre todo extrañaba el sol, ese sol abrasador y energizante. No podía evitar notar como todas las plantas del jardín que estaban ubicadas a la sombra tendían a crecer con una curvatura que las acercara hacia la luz, con una desesperación tan poética como dolorosa.

Tres años después de su llegada a Inglaterra, cedió ante el anhelo. Hizo las maletas y enfiló hacia el sur. Estaba muy segura de que allí la esperarían aventuras mucho más propias de las que había vivido en una tierra prestada.

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