La Vestuarista

Capítulo 8

–¿Dejaste una carrera prometedora en Londres para volver a España en plena crisis?

Era la primera vez que Sara la interrumpía. Su comentario sonó a prejuicio, pero Elena ignoró el tono.

–Sí. Tampoco había forjado una carrera tan prometedora, siempre fui una simple pasante. Nunca me ofrecieron subir de posición, al menos no hasta ese momento. Y las raíces tiran y muy fuerte. Quería matricularme en la universidad y estudiar en español. Por eso volví –aclaró.

Pero la ciudad que dejó con la muerte de su padre era ahora un solar infértil. Era imposible conseguir un trabajo, mucho menos como vestuarista. Ni en la televisión, ni en los teatros. Ni siquiera con su experiencia extranjera y su talento. Tenía muy pocos ahorros y todos los programas de estudio que le interesaban eran de universidades privadas. No podía pagarlos.

–Me matriculé en una universidad pública y empecé a asistir a clases de Historia del Arte, pero de forma esporádica, casi como una excusa. Además, hacía alguno que otro arreglo de ropa. Muy poco como para vivir tranquila –dijo, meneando la cabeza–. Pero así conocí a Patricia. Llegó a mí por un pequeño cartel que yo había pegado en un almacén de La Latina, donde alquilaba una habitación. Su madre le había dejado una colección impresionante de trajes de antaño, pero casi todos necesitaban arreglos.

Se hicieron amigas al instante, porque las dos compartían el mismo amor por la moda. Cuando Patricia le confesó que era prostituta, Elena no se inmutó. No fue un impedimento para su amistad. Pero sí se sorprendió cuando le comentó, en promedio, cuánto dinero ganaba por semana. Patricia advirtió la sorpresa de su nueva amiga y no tardó en ofrecerle que se uniese a ella.

–Me dijo que podía ayudarme. Que muchas chicas de la capital trabajaban para una agencia de lujo, pero que ella lo hacía de forma independiente. Me prometió discreción, apoyo, contactos. Una rutina divertida y placentera. Unos ingresos exorbitantes. Vamos, casi la misma historia que escuchaste de Soledad más temprano. Era difícil decir que no. Me prometió un paraíso. A mí, que sólo aspiraba a ser una simple vestuarista de teatro. Sólo tenía que esperar unos meses hasta cumplir los veintiuno y poner mis propias reglas.

El mayor defecto de Elena le jugó a favor a la hora de aceptar la propuesta: su vanidad, que la llevaba como soga al cuello. Era muy consiente del efecto que producía sobre los hombres, esa suerte de hechizo que le otorgaba un poder principal casi adictivo. Su primer encuentro fue con un cliente asiduo de Patricia, un médico viudo sin demasiadas pretensiones bajo las sábanas. La citó en un hotel a las afueras del centro. Elena estaba nerviosa, pero cuando lo vio tumbado sobre la cama, desnudo y vulnerable, percibió que el nerviosismo del hombre era más potente que sus sentimientos y tomó las riendas del asunto. A partir de esa noche entendió que el control era sólo suyo si jugaba bien sus cartas.

–¿No tuviste miedo? –le preguntó Sara.

–No. Patricia me había prometido que sólo me pondría en contacto con personas de mucha confianza. Tal vez fui muy inocente, pero nunca tuve miedo.

En pocas semanas se convirtió en una experta de la seducción y descubrió un nuevo talento en los negocios: la manipulación. Podía cobrar cualquier suma de dinero a cambio de servicios mínimos. Dejó de merodear por los hoteles de lujo de la ciudad porque las propuestas caían sobre su regazo sin esfuerzo. Podía darse el lujo de vetar a cualquier candidato, por cualquier razón. Era la envidia de sus colegas, una modelo ilustre.

Su nombre no aparecía en ningún portal de la web y no habían fotos de Elena en catálogos impresos. Las prostitutas más exclusivas se manejaban sólo a través del boca en boca y sus teléfonos eran las joyas del negocio. Como las leyendas más recias, sus existencias sólo eran comprobables con la presencia física, un acto de deleite que pocos podían costear. Algunos se conformaban con verlas pasar de a ratos en alguna fiesta, siempre del brazo del mejor postor.

Cada semana, Elena recibía jugosas propuestas de agencias de acompañantes y rechazaba todas, repitiendo el discurso de la autonomía laboral. Había escuchado la idea de boca de Patricia y se había permitido avanzar sobre ella, apropiándosela. Era su bastión en épocas de críticas.

–Suena bastante ideal –dijo Sara.

–Lo era. Fue así hasta que conocí a David.

David entró en su vida como una tormenta inesperada. Elena supo desde el primer día que sería un cliente diferente, pero nunca imaginó que podía llegar a ser como una cápsula de veneno. El día que se conocieron, él la esperaba sentado en la mesa de un restaurante del centro de Madrid. Ella lo divisó de espaldas, hablando por teléfono. Sabía que era él porque llevaba una camisa de lino celeste y el recinto estaba vacío.

Apenas se sentó frente a él, notó su juventud, sus tupidas cejas negras y su sonrisa levemente torcida, con una ondulación sugerente. Colgó el móvil de inmediato, centrando su atención completamente sobre ella. Ese gesto le gustó, había empezado bien. Se observaron en silencio por unos segundos hasta que ella extendió su mano a través de la mesa. David la tomó con firmeza, sin apartar sus ojos de encima.

Era guapo en un sentido vergonzosamente convencional. Fornido, elegante aunque informal, con facciones de mármol y modales de etiqueta. Olía a almizcle y su acento era refinado. Pero lo que más le gustó a Elena fueron sus gestos sencillos, su espontaneidad. Conversaron por unos minutos hasta que llegó el camarero. David parecía conocerlo por su trato amable y su familiaridad. Tiempo después, Elena entendería que David se comportaba así siempre. Con una suerte de llana simpatía que agradaba a todos.

Su familia era dueña de una importante compañía de seguros. David era abogado y se encargaba de localizar nuevos negocios para el grupo familiar y minimizar el gasto impositivo a la hora de adquirir acciones o llevar a cabo fusiones. Su trabajo consistía en encontrar baches y pequeños bucles legales para salvarle a su familia gastos extras. Según le comentó a Elena en esa primera cita, trabajaba muchas horas y estaba en busca de una distracción. Preferentemente una de carne y hueso.

La primera noche que pasaron juntos fue inusual. David quería conversar un rato antes de tener sexo, lo cual no era particularmente extraño. Elena se enraizó en su personaje de flirteo y contestó a sus primeras preguntas con algunas mentiras y un tono seductor. Como hacía siempre, sin tomarse nada en serio. Pero él iba por más. Indagó a fondo sobre su vida, genuinamente interesado en ella. No le quitaba los ojos de encima y gesticulaba con fascinación ante cada respuesta. Elena terminó cediendo ante la honestidad de la charla y se permitió ser ella misma. El sexo fue espontáneo y natural, como si el romance no hubiese sido una ficción. Lo único que rompió el encanto fue el sobre con dinero que David dejó en la mesa ratona. Elena lo encontró cuando despertó sola en la habitación del hotel, un par de horas más tarde.

David era dueño de un andar muy delicado. Era majestuosamente rico aunque no lo aparentaba al primer contacto. No era un hombre muy culto ni muy versado en intelectualidades pero era el antónimo de arrogancia; tenía un espíritu calmo y maduro. A Elena le gustaba pensar que no solía utilizar el dinero como un comodín por la vida, pero al instante recordaba que los buenos momentos que pasaba junto a él estaban siempre financiados. La invitaba a reuniones con amigos íntimos o a ver propiedades para la familia en la costa de Marbella. Al final de todos los encuentros le entregaba, con disimulo, un sobre con dinero. Siempre con un poco más de lo que habían pactado de entrada. Incluso si se habían pasado una noche entera conversando sin tener sexo.

En la cama era como una brisa fresca, breve y reparadora. Solía acariciar el filo delicado de los muslos suaves de Elena durante largo rato, sin hacer más nada. A ella, su pasividad sexual le producía una rara satisfacción. De a poco, fue dejando a todos sus clientes para ofrecerle su atención completa. Cualquier persona dotada de un mínimo de sensatez podría haber discernido el peligro de esa decisión, pero Elena lo sentía natural.

Así, se fue enamorando. Se enamoró del hecho de que nunca le hiciese regalos caros, como sus antiguos clientes. Se enamoró del respeto que parecía profesarle y de la naturalidad de su vínculo. Su presencia se volvió abrasiva en su mente y creyó que él, tal vez, sentía lo mismo por ella. Todas las señales parecían indicarlo.

Pero la cuchillada letal no podía estar muy lejos. Cuando David la invitó a pasar un fin de semana en la costa azul francesa, ella decidió confesarse. Viajaron en avión hasta Saint Tropez y allí embarcaron un yate que los llevó hasta la pequeña y paradisíaca Isla de Porquerolles. Cuando el sol agonizaba en el horizonte, la playa quedaba desierta y el paso del tiempo parecía extinguirse. Nunca olvidaría ese primer atardecer. Habían anclado a pocos metros de la costa. Sólo unos cuantos yates les hacían compañía y el mar parecía de seda clara. No corría ni un ápice de viento y el calor era asfixiante, embriagador.

Elena sentía la piel tiesa por la sal marina y la mente un poco nublada por el vino rosé. Estaba sentada en la cubierta del yate, sobre una reposera de madera lustrada. Anticipó el ritual, porque David se acercó a ella con un sobre en la mano. En lugar de recibirlo, lo miró fijo con una sonrisa suave.

–No lo quiero –le dijo muy seria.

David le devolvió una expresión desencajada. No alcanzó a comprender la sutileza de su tono. Luego, Elena lanzó la frase que mucho tiempo después recordaría como el gesto más audaz de su vida.

–No quiero cobrarte más. Estoy enamorada de ti. Quiero que terminemos con este negocio. Quiero estar contigo.

Él desvió la mirada al instante y ella entendió todo. La estática de la escena la desesperó, pero no dijo nada.

–No sé por qué me dices esto… Creo que has confundido los tantos… Yo…

–¿Y por qué no, David? ¿Tan mal he entendido las cosas? ¿Me puedes decir, con sinceridad, que no sientes nada por mí? –le dijo ella un poco alterada.

–Elena, yo… yo no puedo.

–¿Qué es lo que no puedes? ¿Estar conmigo?

–No puedo enamorarme de ti.

David hablaba con un tono monocorde y ella, inmediatamente, se arrepintió de lo que dijo. La miró a los ojos con una expresión de pena.

–Eres una prostituta, Elena…

En ese momento, sintió una lágrima salada en la comisura de su boca y el corazón pulverizado. Ese adjetivo se le clavó como un hierro caliente. No pudo decir absolutamente nada, no encontró palabras para defenderse. Se puso de pie súbitamente y se encerró en el pequeño baño del yate. La acechó una claustrofobia inédita. Tuvo ganas de echarse al mar, nadar hasta la orilla y perderse para siempre entre el paño salvaje del mediterráneo.

Repasó toda su relación como una ráfaga voraz y advirtió un sabor amargo en la garganta. Todo había sido un simulacro. Y en los simulacros nadie puede tomarse las cosas en serio. Esa noche durmieron apartados, sin dirigirse la palabra. Elena se sentía avergonzada y confundida, incapaz de darle más vueltas al tema.

Cuando regresaron a Madrid, ella decidió romper su relación de inmediato. Y si bien David era buena persona, era también un rehén de su clase. Era hombre y acostumbrado a tener todo lo que deseaba. A pesar de sus negativas, seguía llamándola. Se vieron varias veces más, siempre en el mismo hotel. Al principio, conversaban como si nada. Luego, tenían sexo. Cuando él se acercaba con el maldito sobre, ella rompía en llanto, con rabia. Sentía, otra vez, el hachazo en la nuca. No había nada más desconsolante que la imagen del hombre que amas entregándote dinero por ese amor. Le pedía que se alejase, que no la buscase más. Él le prometía mesura; pero volvía a hacerlo y ella cedía sin mucha resistencia. David deseaba con ímpetu su compañía pero no la amaba y no sabía cómo explicarlo.

Así, ella se entregó a la anarquía. Se sumió en un duelo narcótico, encerrada en su piso. Cortó su línea de móvil y dejó de ver a sus amigos. Él golpeó la puerta de su edificio sólo un par de veces pero terminó por alejarse, tal vez ya aburrido. Elena se culpó con furia por haber creído que podía ser más que una mujer de alquiler. Se culpó por haber eludido sus propias reglas, por haber querido volar más alto. Enamorarse era ilegal. Nunca debió olvidar que siempre los separó un océano, por más intimidad que hubiesen experimentado. Creía entender a David, justificaba sus acciones, más que nada por amor y por un profundo desprecio a sí misma. Sin embargo, se estremecía cada vez que recordaba la curvatura de sus labios deletreando “prostituta” y en esos breves instantes, no podía más que odiarlo. Aunque sólo fuera por eso.

Como suele suceder en el desamor, el paso de los días diluyó su angustia y su desprecio se convirtió en reflexión. Elena terminó despidiendo a su autocompasión sin tanta ceremonia. Dibujó en su mente un nuevo perfil de ese hombre, ya no tan espontáneo y encantador sino dueño de una sensibilidad perversa. Sepultó su imagen bajo varias capas de rechazo. Una conclusión marcó el punto final de la historia: la prostitución la había expuesto a esa desgracia y podría exponerla a muchas otras, como un tejido agrio que se extiende sin clemencia.

Pero era inútil culparse por siempre y se esforzó por pasar página. Seis meses después del desastre en Porquerolles recibió la oferta de trabajo del Martirena. Había dejado su currículum en la boletería el otoño anterior. Atrás habían quedado sus años de vanidad estrepitosa. Hoy sólo se limitaba a hacer bien su trabajo en el teatro y a ayudar a cuantas chicas pudiese.

–Hoy siento que estoy a salvo de cualquier reproche –le dijo a Sara, quien la escuchaba estática.

–¿Y cómo llegaste hasta allí? Un viento suave se coló por la entrada de la minúscula galería y les acarició el rostro. Elena tomó el último sorbo de té, ya frío.

–Llegué como pude, Sara.

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