La Vestuarista

Capítulo 9

Elena abrió la verja color acero de la entrada a su edificio y notó una senda de pequeñas hojas secas. Provenían del nogal que custodiaba la medianera, que ya exhibía casi todo el esqueleto de sus ramas. Subió una angosta escalerita herrumbrosa y abrió la puerta de su piso. El olor a humedad de la construcción tan antigua ya no le molestaba como antes. Se desplomó en el sofá de la sala sin abrir las cortinas para dejar entrar el sol. La charla la había dejado exhausta.

Diez minutos más tarde, se dirigió hacia la cocina para beber un poco de agua. Recordó la invasión de hormigas que habían descubierto un par de días antes. Angélica había echado un veneno casero y ahora podía verse una procesión de los cadáveres de los insectos, como una traza de salpicaduras casi imperceptibles que se perdían por quién sabe qué agujero en la pared.  Elena tomó la escoba y barrió los restos petrificados de la plaga. Era la única huella visible que quedaba del paso de su amiga por su piso. Sintió como la melancolía se apoderaba de ella.

Fue hasta su cuarto y tomó una caja de cartón desvencijada que guardaba en el fondo de su clóset. Sacó una fotografía de su madre. Estaba sentada sobre la arena de alguna playa andaluza, con las piernas cruzadas y una expresión de felicidad. De fondo, se distinguía un mar inmenso. Llevaba puesto un bañador blanco y negro a cuadros. Detrás estaba escrito Maryam, 1980. En esa imagen su madre tenía 24 años, tres menos que ella. Al verla pensó: “¿Por qué será tan difícil imaginar a los padres más jóvenes que uno?”

Muchas veces se había preguntado qué pensaría su madre de la persona en la que se había convertido. Maryam había nacido en el Sahara Occidental pero había dejado atrás a su familia de la mano de un soldado español cuando España abandonó el territorio, en 1976. Se casó con él en Madrid y se separó al poco tiempo. A principios de los 80 conoció a Federico, quien la convenció de divorciarse de su marido aprovechando la nueva ley de 1981. Maryam era una mujer muy conservadora, pero accedió. Unos años más tarde, nació Elena en el corazón de un barrio obrero de la capital.

Maryam murió cuando su hija era muy pequeña, fue incapaz de formar recuerdos duraderos en su mente. Para Elena, la imagen de su madre había sido siempre un espectro sin carácter, una abstracción; y con la muerte de su padre unos años más tarde se había extinguido cualquier residuo de su memoria. En sus épocas de prostituta, fantaseaba con la idea de que su madre hubiese aceptado su trabajo así como había aceptado el divorcio, por amor al otro. Con el tiempo entendió que la distancia entre esas dos ideas era astronómica, pero ya no importaba. Maryam no había sido tan especial para ella como para poder sentenciarla después de muerta. No existía más que en un par de retratos descoloridos. Era un pedazo de papel arrugado, una muñeca sin cabeza.

Guardó la fotografía de vuelta en su lugar de siempre. Ya había recordado demasiado por el día. Decidió ponerse a trabajar para despejar su mente. Unas semanas antes, se había llevado a casa unos trajes del teatro que necesitaban algunos arreglos. Tomó un chaleco azul marino y se dispuso a remendar los dobleces descosidos. Se pasó dos horas en silencio, absorta por completo en la mecánica de su labor. Pasar la aguja, tirar del hilo, girar la muñeca y volver a punzar. Así, durante dos horas. Para Elena, eso era lo más parecido a la meditación. Logró olvidar su historia con David, la imagen de su madre, la huida de Angélica y su noche en Marqués de Vadillo.

Un zumbido breve pero cercano la trajo de vuelta a la tierra. Abrió su bolso y sacó su móvil, tenía dos llamadas perdidas de Marcela y un mensaje de un número desconocido, que decía:

Intenté buscar alguna pertenencia que te hubieses olvidado para tener una excusa mejor para escribirte tan pronto, pero nada. Revisé todo y no encontré ni un arete. Supongo que siempre puedo usar el viejo “Cómo estás?”, aunque no suene muy interesante. Entonces, cómo estás? Soy Felipe, por cierto.

La aclaración final no era necesaria, Elena se ruborizó apenas leyó la primera palabra. Se preguntó cuánto tiempo le habría tomado componer ese mensaje, pero recordó la astucia de Felipe con las palabras. Meneó la cabeza mordiendo sus labios y eligió esperar unos minutos antes de responder, para no delatar su atención tan dispuesta.

Dejó el móvil sobre la mesa de la cocina, caminó hacia la heladera y se sirvió un poco de agua. Miró el aparato, como esperando otro zumbido. Podría no responder y terminar con el asunto allí mismo, pero volvió a sentir la misma energía indómita que la había empujado a buscar a Felipe calle abajo cuando no encontró a Angélica la noche anterior. Se precipitó sobre el móvil y pensó unos segundos. Al final, tipeó:

Te dejé mi número. Creo que esa es excusa suficiente para escribir.

Felipe contestó casi al instante:

Pero es excusa suficiente para escribir tan pronto?

Elena:

Qué es “tan pronto”?

Felipe:

Nos vamos a poner filosóficos?

Elena:

Pues no, no es mi intención.

Felipe:

No respondiste a mi pregunta inicial.

Elena:

Estoy bien, de vuelta en casa. Perdón por tanto dramatismo. Es todo muy complicado.

Felipe:

Si es tan complicado, creo que me merezco una explicación en persona.

Elena leyó entre líneas y, con bastante acierto, dotó al mensaje de un tono de voz cariñoso. Ya sentía que lo conocía, al menos un poco. Cuando era más joven, creía que esa emoción que producía el coqueteo con alguien nuevo era una de las más hermosas del mundo. Disfrutaba con el principio de las cosas. Pero el desencanto amoroso suele alterar las percepciones.

Hasta hoy, había evitado cualquier contacto con los hombres, víctima de un pánico casi paralizante desde su ruptura con David. Sin embargo, con Felipe era diferente. Marcela se lo había advertido: cuando llegue el hombre correcto, el pánico dará lugar a una entrega imparable. Ya verás, le repetía. Elena, incrédula, no le daba importancia a la profecía de su amiga. Pero allí estaba, con el móvil en la mano, una invitación clara y unas ganas irremediables de decir que sí, que se lo iba a explicar en persona.

Vale. Me parece justo.

Fue lo único que Elena alcanzó a responder. Felipe volvió a jugar sus cartas:

Esta noche. 9 pm. Mi piso. Cena. Qué tal?

Se paralizó frente a la pantalla. Había pasado demasiadas horas en teatros como para no imaginar la escena posible con una precisión casi alarmante y sintió un escalofrío en la columna, pero también una alegría inédita. Esta vez el impulso era demasiado poderoso. Tal vez el hecho de haber repasado en voz alta su historia con David esa mañana la había abastecido del combustible suficiente para dar el paso siguiente. Elena puso su cobardía entre paréntesis y respondió un conciso “De acuerdo”.

Se distrajo toda la tarde cosiendo. Pasó la aguja por fragmentos de tela que ni siquiera necesitaban arreglo, sólo para calmar un poco los nervios y no pensar demasiado. Quería actuar de forma espontánea, sin darle tantas vueltas al asunto. No era una cita, se repetía, sino una simple reunión para comentarle lo que había pasado. Ya lo había decidido: le contaría la historia de Angélica y su trabajo en el grupo de ayuda junto a Marcela, pero se saltaría el hecho de que había sido prostituta. Le parecía muy pronto para aventurarse con semejante confesión.

No, no era una cita. Aun así, a la hora de vestirse, Elena pasó más de media hora revisando sus atuendos. Hacía mucho tiempo que no realizaba ese ejercicio, vestirse para un hombre. En sus épocas, tenía todo su armario organizado por ocasión y a veces hasta por cliente. Blusas elegantes y sobrias para ciertos hombres, vestidos sugerentes para otros. A David, recordó, le gustaba mucho su estilo propio, bastante juvenil y urbano. Mucho antes de interesarse por el teatro, ya sabía que la vida era una procesión de escenas que requerían de armazones adecuados para canalizar las historias. La vida siempre fue una narrativa que Elena debía desarrollar aferrándose con fuerza a ciertos criterios estéticos. Uno de ellos era la vestimenta. Sin embargo, se decidió por un atuendo improvisado y se calzó un simple jean gastado, una camiseta de lino crudo, un cárdigan liviano rojo pálido y unas zapatillas con cordones.

A las ocho y cincuenta salió de su piso y caminó hacia el sur. Miró el cielo y notó una bruma tenue y perlada que se apoderaba del firmamento. Iba a ser un otoño atípico, más húmedo de lo normal y con tormentas tempranas, lo que garantizaba una mayor audiencia para la temporada porque la gente suele refugiarse de la lluvia en museos y teatros. La idea le agradó. Apresuró el paso para no encontrarse con la tormenta y cruzó el Manzanares por un puente, aspirando bocanadas de aire denso.

Pulsó el timbre del edificio de Felipe y esperó la voz familiar. Cuando llegó al quinto piso, notó que la puerta estaba abierta. Sospechó que la había dejado así para evitar ese encontronazo en la entrada que suele enrarecer las primeras citas. O tal vez, simplemente era un hombre desatento. Por eso, entró sin llamar y divisó su figura de espaldas, sentado en el pequeño balcón.

–Hola. ¿Qué estás haciendo? –preguntó ella.

–Esperando que llueva.

Su voz sonó como un eco lejano. Felipe se puso de pie y la recibió con una sonrisa. Él tampoco había puesto demasiada atención a su atuendo, estaba vestido con un jean y una camiseta azul. Ese detalle la relajó al instante. A su lado, había una silla vacía y una pequeña mesa ratona con una botella de vino tinto abierta, y dos copas. Tomaron asiento y él le sirvió un trago.

–Parece que este año la lluvia se adelantó un poco –dijo él.

–Estaba pensando lo mismo en el camino –contestó ella sin mirarlo.

–No hablo de la lluvia como un tema trillado para romper el hielo. Me gusta de verdad.

–Lo supuse. No te imagino haciendo un esfuerzo por hablar de algo.

Felipe meneó la copa y se llevó el borde a la nariz. Respiró profundo y asintió.

–Siempre tan combativa, mi querida Elena.

–¡Lo dije como un cumplido!

El se rio, miró su reloj pulsera y se puso de pie.

–Espero que te gusten las pastas.

Desde la cocina se escapaba un olor dulce y un vaho caliente. Entraron juntos al pequeño recinto estrecho, cuyos vidrios se habían empañado. Elena posó las puntas de sus yemas sobre la superficie tibia, dejando cinco huellas ovaladas que desaparecieron casi al instante. Sobre la hornalla, una olla de cerámica contenía un brebaje espeso que llevaba cinco horas macerando a fuego lento. Sobre la mesada de mármol habían ajos, cebollas, tomates, una botella de vino y dos paquetes de pasta seca.

–¿Cinco horas? ¿Llevas cinco horas cocinando una salsa de tomates? Madre mía, y yo que me impaciento al freír un huevo –exclamó Elena.

–Soy un hombre paciente.

–Pues huele de maravillas. Me muero de hambre. Felipe tomó una baguette y, con la punta de los dedos, cortó un pedazo irregular. Lo ensopó en un poco de salsa y se lo pasó a Elena.

–Cuando era niño y mi abuela hacía esta salsa, siempre me dejaba mojar un poco de pan para ir probando. Era un pedacito cada media hora, el premio por esperar tanto.

Ella se permitió una sonrisa y se comió el pan de un bocado, observando con sorpresa el rojo profundo de la salsa, que en la olla ya se adivinaba marchita por tantas horas sobre el fuego. El ritual de la cena transcurrió sin demasiados sobresaltos, pero no como una antesala protocolar a las discusiones serias. Felipe se guardó las preguntas sobre la noche anterior, preso del miedo a romper el equilibrio que habían logrado. Notó a Elena relajada por primera vez, tal vez por obra del vino, pero eso no importaba. Se reía con ganas y hablaba sin desenfundar sus escudos, libre de su cinismo tan clásico.

Acaso cegados por la conversación ininterrumpida, dejaron la mesa y se desplazaron hasta el sofá gris casi sin advertirlo, lugar donde Felipe reposó el brazo sobre el filo superior y Elena se acurrucó a su alcance. La puerta ventana que daba al balcón se había abierto con el viento, dejando en evidencia el paisaje lacónico. Cayó sobre ellos la gracia del magnetismo y fueron acercando sus cuerpos, deslizándose con sigilo sobre la tela. Cayeron en cuenta de su cercanía cuando, casi pegados, sintieron el tibio aroma de sus respiraciones.

–¿No me vas a contar lo de anoche? –preguntó Felipe, en voz baja.

–¿De verdad quieres saber justo ahora? –le dijo ella mirándolo fijo.

–No.

–Ya me lo imaginaba.

Felipe le acarició la nuca y la besó con suavidad, cuidando de no parecer muy ansioso. Así se quedaron, entrelazados por un buen rato, poseídos por dentro por una multitud de pájaros brillantes y con la lluvia de otoño como único testigo.

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